La Primera Evangelización Histórica

 

La diócesis de Mendoza

 

La Nueva Evangelización en Mendoza

 

Entrega del Plan Diocesano de Pastoral

 

Conclusión

 

LA PRIMERA eVANGELIZACIÓN dE MENDOZA (volver)


Con las corrientes colonizadoras del Río de la Plata, del Tucumán y de Cuyo, penetra la evangelización en lo que más tarde será la República Argentina.

La acción pastoral de la Iglesia llega a las tierras de Cuyo, territorio que comprende las actuales provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, en la segunda mitad del siglo XVI, como consecuencia de la conquista de Chile por parte de los españoles procedentes del Perú.

En tierras cuyanas pobladas por los indios huarpes, el 2 de marzo de 1561, tiene lugar la fundación de la ciudad de Mendoza.

Desde Santiago de Chile vienen los fundadores, encabezados por D. Pedro del Castillo.

Junto con los que serían los primeros vecinos, llega también el primer sacerdote, Pbro. Hernando de la Cueva, y con él se inicia la evangelización en Cuyo, promovida por los obispos de la recién erigida diócesis de Santiago de Chile.

A los pocos años de fundada, la nueva ciudad reconoce como patrono a Santiago Apóstol.

Arduos y pródigos en sinsabores son los años iniciales de la ciudad. Los escasos pobladores logran sobrevivir con el duro trabajo de las chacras y quintas que circundan la incipiente población.

La mansedumbre del huarpe que brinda la mano de obra necesaria y la tranquilidad en que transcurre la vida de la pequeña comunidad, permiten el afianzamiento del núcleo urbano, el aprovechamiento de los valles cercanos y el inicio del tráfico comercial con otras ciudades del Río de la Plata hacia fines del siglo XVI.

En los siglos XVII y XVIII mientras crece lentamente la población, se expande la economía. En este último siglo la Corona encara cambios político-administrativos que afectan a la América española.

Cuyo deja la Capitanía General de Chile para integrar el Virreinato del Río de la Plata (1776) y posteriormente la Gobernación Intendencia de Córdoba del Tucumán (1783).

Cuando en Mendoza se inicia el proceso evangelizador, aún no concluye el Concilio de Trento (1563) y la evangelización se lleva a cabo estrechamente unida a la fundación de ciudades, siguiendo las normas dictadas por la Corona.

En Cuyo, la docilidad del huarpe facilita la tarea, aunque debe enfrentar otras dificultades provenientes de las características naturales de la región, como el hecho de tener cerrados los pasos cordilleranos durante ocho meses al año y las carencias propias de la vida en aquella época.

Durante algunos períodos no hay cura que preste los auxilios religiosos a españoles y huarpes por carecer la población de recursos para sustentarlos.

Es allí donde se destaca el celo de los obispos de Santiago que bregan incansablemente para asegurar la atención espiritual de los habitantes, al par que levantan su voz en defensa de los indígenas.

Pese a las leyes, en el siglo XVI los huarpes son llevados a Chile en gran número para remediar la falta de mano de obra.

Ello provoca la ruptura de las familias, la drástica disminución de los indios o su fuga para evitar el destierro.

Hay que reconocer que han sido los religiosos la verdadera vanguardia de la evangelización.

Misioneros mercedarios periódicamente acuden desde Chile y siembran la semilla evangélica entre los indígenas.

Esta orden y la de predicadores establecen sus conventos a fines del siglo XVI y con ellos se inicia la tradicional devoción mariana del pueblo mendocino, que se expresa y se afirma con la proclamación de Nuestra Señora del Rosario como patrona de la ciudad en el siglo XVIII.

Desde comienzos del siglo XVII la acción del clero diocesano se ejerce desde la parroquia Matriz de Mendoza y desde las doctrinas rurales creadas en 1601 por el obispo Fray Juan Pérez de Espinoza.

Cuando Mendoza recibe esta primera visita pastoral de los obispos de Santiago, ya el Tercer Concilio Provincial de Lima (1582-1583), convocado por Santo Toribio de Mogrovejo, ha dictado disposiciones precisas en relación con la propagación del Evangelio.

Podemos afirmar que se han trazado allí las “Líneas pastorales” de la primera evangelización en la arquidiócesis de Lima y sus diócesis sufragáneas, entre ellas la de Santiago de Chile.

Este Concilio trata de llevar a la práctica las normas de Trento adaptadas a la realidad americana.

Se plantea la problemática de la evangelización y se toman decisiones de importancia capital, como el uso de las lenguas indígenas en la catequesis.

Los problemas y desafíos que ofrece la labor pastoral son objeto de debates en los sucesivos sínodos diocesanos de Santiago, realizados a partir de 1586 y a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

En estos dos siglos se suman a la labor evangelizadora los jesuitas, agustinos y franciscanos.

Junto con la catequesis, inician también la educación de los nativos mediante las escuelas creadas en los conventos, algunas de ellas de reconocido prestigio como el Colegio de la Inmaculada Concepción de los jesuitas.

El siglo XVIII experimenta el desgarrón de la expulsión de los padres de la Compañía, mientras una nueva orden, la de los betlemitas, llega para hacerse cargo de la atención de los enfermos y se abre a la educación de las niñas el Colegio de la Buena Enseñanza, de las religiosas de la Compañía de María.

La reordenación general de la administración implementada por los reyes de España en el siglo XVIII, influye también en la acción evangelizadora.

En numerosas ocasiones los obispos denuncian la dispersión de la población en haciendas y estancias como factor decisivo en las dificultades de la evangelización.

A partir de 1740 se lleva adelante una política de poblamiento para agrupar a los habitantes en villas y ciudades.

La labor desplegada por la Junta de Poblaciones, que integran entre otros el obispo y el gobernador de Chile, tiende a reordenar el proceso poblador en Cuyo mediante el establecimiento de pueblos, a fin de asegurar la atención espiritual de blancos e indios.

Aunque hay resistencia de parte de propietarios de estancias e indígenas, finalmente quedan establecidos pueblos de indios en Corocorto (La Paz), manteniéndose los de San Miguel y Asunción en las Lagunas (Lavalle).

En el Valle de Uco se erige el fuerte de San Carlos en 1770. Junto al fuerte, dos años después, se funda la villa de San Carlos.

La atención de estas poblaciones queda a cargo de las parroquias de San Carlos, San José de Corocorto y Rosario de Las Lagunas, erigidas a comienzos del siglo XVII.

Los momentos finales de la época hispánica traen para la Iglesia en Mendoza el cambio de jurisdicción, consecuencia de las reformas político-administrativas realizadas por el gobierno español. Mendoza, San Juan y San Luis dejan la jurisdicción santiaguina para formar parte de la diócesis de Córdoba del Tucumán (1809).

A partir de 1810, la crisis revolucionaria en la América española y la guerra de independencia, traen importantes consecuencias para la Iglesia en Argentina y su labor pastoral.

En primer lugar, la ruptura con la Corona provoca una situación similar con la Sede Apostólica, por ser los reyes intermediarios ante Roma, en virtud del patronato.

Con sedes vacantes por fallecimiento o destierro de los obispos, relajación de la disciplina del clero y medidas regalistas implantadas por los gobiernos “ilustrados”, la Iglesia vive situaciones difíciles, que no logra solucionar la misión enviada por el Papa Pío VII, en la persona de Mons. Juan Muzzi (1824).

La orfandad en que se encuentra la Iglesia en Argentina, comienza a tener visos de solución después de la batalla de Ayacucho (1824), cuando queda sellada la independencia de hispanoamérica, y la Santa Sede inicia relaciones con las nuevas naciones.

Una medida de gran importancia es la erección del Vicariato Apostólico de Cuyo en 1828, a cuya cabeza es colocado Fr. Justo Santa María de Oro. Las autoridades de San Juan logran que el Papa Gregorio XVI erija la diócesis de San Juan de Cuyo en 1834.

Cuatro obispos gobiernan la diócesis en los años restantes del siglo XIX. En esta etapa, mientras se organiza definitivamente la nación, se producen importantes y decisivas transformaciones en el orden social, económico y cultural.

Argentina entra en la era del progreso, meta de la generación liberal, de la mano con la ideología imperante.

En ese contexto, la ciudad de Mendoza sufre el trágico sismo de 1861 que la sepulta en ruinas. Pero poco después comienza a levantarse la nueva ciudad, impulsada por los gobernantes que participan de la misma ideología que se impone en el país.

En esta etapa, la acción pastoral de la Iglesia se resuelve en la creación de parroquias y la instalación de congregaciones religiosas.

Las visitas pastorales van acompañadas por una misión, generalmente a cargo de religiosos. Pero el laicismo sigue avanzando.

La lucha entablada entre católicos y liberales frente a la legislación de la época, marca con caracteres especiales este momento tan difícil en la historia de la Iglesia, y hace ver la necesidad urgente de enfrentar los desafíos de la hora con una renovada acción pastoral que tienda a afirmar los principios cristianos en la gran masa del pueblo fiel, al mismo tiempo que se dé un fuerte apoyo a la labor de los laicos.

Desde Roma, León XIII convoca al Concilio Plenario de la América Latina (1899), considerado como uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia en los momentos finales del siglo XIX.

De esa reunión surgen disposiciones que sirven de orientación para la labor pastoral en los años siguientes, tanto en lo referente a los principios del dogma, cuanto a la difusión de la fe mediante la predicación y la enseñanza.

En Cuyo, el episcopado de Mons. José Américo Orzali (1912-1939) encara una serie de medidas que ponen en práctica las normas conciliares.

Mientras aumenta el número de parroquias e impulsa una formación más profunda del clero, convoca dos sínodos diocesanos, crea el Boletín Oficial de la diócesis, trae nuevas congregaciones religiosas, funda centros de formación para laicos donde se estudian los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, insiste con ardor en la unión de las fuerzas católicas y encarece la importancia de la prensa como vehículo de evangelización.

También trabaja activamente para la creación de las diócesis de Mendoza y de San Luis.

 

lA DIÓCESIS dE MENDOZA (volver)

La década del 30 trae importantes novedades para la Iglesia en Argentina y en Cuyo.

Mientras en 1931 y respondiendo al llamado del Papa Pío XI, surge la Acción Católica Argentina y con ella el movimiento de apostolado laical que se constituye en brazo derecho de la jerarquía para la cristianización de la sociedad, el 20 de abril de 1934, la bula Nobilis Argentinae Nationis crea diez nuevas diócesis, entre ellas la de Mendoza y Neuquén y la de San Luis. San Juan de Cuyo es elevada a arquidiócesis y Monseñor Orzali designado arzobispo.

El primer obispo de Mendoza es Mons. José Aníbal Verdaguer (1935-1940). Celoso pastor al servicio del pueblo de Dios, dedica sus esfuerzos a organizar la nueva diócesis: inicia las gestiones para la fundación del Seminario diocesano y la obtención de un edificio para sede del Obispado; impulsa la organización parroquial, con la visita pastoral a toda la jurisdicción, y la creación de dos nuevas parroquias.

En 1937 funda la congregación de las Hermanas Obreras Catequistas de Jesús Sacramentado.

Mons. Alfonso María Buteler, es el segundo obispo de Mendoza (1940-1973). Toma posesión de la sede en diciembre de 1940.

Durante su episcopado despliega una intensa labor pastoral, con miras a organizar y afirmar la obra de una diócesis nueva: erección de numerosas parroquias; establecimiento de congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza y al apostolado; apoyo entusiasta a la Acción Católica, con fuerte presencia en todos los ambientes.

La preocupación principal del obispo es la promoción de las vocaciones sacerdotales. Pone sueños y esfuerzos en la construcción del Seminario Nuestra Señora del Tránsito en Lunlunta, inaugurando el menor en 1946, al que se agrega posteriormente el ciclo de filosofía.

El 10 de abril de 1961, Juan XXIII crea las diócesis de San Rafael y de Neuquén, haciéndolas sufragáneas de la nueva sede metropolitana de Mendoza.

De esta forma, Monseñor Buteler pasa a ser el primer arzobispo de Mendoza.

La Iglesia universal vive, desde comienzos del siglo, un proceso de honda renovación, sobre todo en los ámbitos bíblico, teológico, litúrgico y pastoral que confluye en el Concilio Vaticano II, comenzado en 1962 por Juan XXIII y concluido por Paulo VI en 1965.

Se trata de un acontecimiento de hondas repercusiones, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

La progresiva publicación de los documentos conciliares, pone en marcha un movimiento de renovación que toca todos los niveles de la vida eclesial e impulsa el compromiso socio-político de la fe.

En Mendoza, en ambientes tanto sacerdotales como laicales, este proceso de renovación eclesial no estuvo exento de problemas.

En 1965 se produce una situación de crisis entre el planteo renovador de un grupo de sacerdotes, los denominados “veintisiete”, y el arzobispo.

Tal acontecimiento signará la futura marcha de la Iglesia diocesana, pues la falta de diálogo, la incomprensión recíproca, y las posturas tomadas, llevan a un triste desenlace: se cierra el Seminario, algunos sacerdotes quedan sin un destino pastoral concreto y la obra pastoral de tantos años desarticulada.

Esta crisis tan profunda es el ocaso poco feliz de la larga labor pastoral de Monseñor Buteler.

A esta compleja situación intraeclesial, se suma el convulsionado panorama social y político del país, que comienza a vivir uno de los períodos más dramáticos de su historia.

A fines de los años sesenta surge el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al que se adhieren varios sacerdotes de la diócesis.

Este movimiento se caracteriza por una misma actitud básica, cristiana y sacerdotal: la cercanía al pueblo, a su religiosidad y a su historia concreta; pero también, por una opción temporal por la liberación que toma la forma de una orientación política determinada.

En este contexto crece una honda crisis de identidad sacerdotal, uno de cuyos efectos más tristes es el abandono del ministerio por parte de un número importante de sacerdotes.

El vacío dejado se hace sentir progresivamente en la vida pastoral de la diócesis, al punto de constituir, todavía hoy, una carencia notable.

Mons. Olimpo Santiago Maresma, gobierna la arquidiócesis primero como administrador apostólico (1967-1974) y luego como tercer arzobispo de Mendoza (1974-1979).

Lleva adelante una meritoria actividad pastoral encarando con prudencia los difíciles momentos que vive la Iglesia del postconcilio.

Su preocupación primordial son los sacerdotes y también las vocaciones, que progresivamente comienzan a repuntar.

Con humildad y caridad evangélica, alienta la santificación y fraternidad del presbiterio, de modo especial promoviendo la oración en común y los Encuentros Sacerdotales en Lunlunta.

A ello se suma la promoción de los movimientos de apostolado laical que, alentados por la enseñanza conciliar sobre el protagonismo del laico, dinamizan la vida de la diócesis y de sus parroquias.

Su caridad sacerdotal le lleva a encarar acciones concretas en favor de los desamparados, los derechos humanos y a una eficaz ayuda a los migrantes.

Le cabe también un rol destacado en las dramáticas jornadas del conflicto argentino-chileno (1978-1979).

Los contactos frecuentes con los obispos del país hermano, las celebraciones en común y su palabra pacificadora, contribuyen a evitar un desgraciado enfrentamiento.

 

LA NUEVA eVANGELIZACIÓN eN MENDOZA (volver)

El anhelo de renovación eclesial y pastoral proclamado por el Concilio Vaticano II, es impulsado por Juan Pablo II en sucesivas exhortaciones que invitan a la Iglesia a renovarse en su vida y su acción evangelizadora.

La Iglesia en Mendoza se siente convocada por esta invitación del Santo Padre (1983 y 1984), y asume el desafío de la nueva evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos y expresión.

Durante los sucesivos episcopados de Mons. Cándido Genaro Rubiolo (1979-1996) y Mons. José María Arancibia (1996), obispos, presbiterio y pueblo trabajan en comunión por esta renovación, que comprende la vida y acción de la Iglesia por entero.

Es este un tiempo de gracia, de encuentro con Jesucristo, de conversión entusiasta hacia Él, y una ocasión providencial para crecer en comunión a través de la búsqueda compartida y del esfuerzo sostenido por lograr una Pastoral de conjunto, más orgánica, con mayor sentido misionero, comprometida con las necesidades humanas y sociales de nuestro tiempo.

Esta historia está jalonada por pasos importantes, con sus luces y sombras, con sus desafíos y exigencias.

En el inicio del camino encontramos el Congreso Mariano Nacional del año 1980.

La presencia de María mueve los corazones a Jesús. El lema “A Cristo por María” resuena en toda Mendoza.

Este Congreso produce, entre otros frutos: el despertar de la conciencia laical y de vida diocesana, el entusiasmo por evangelizar, por el trabajo pastoral orgánico y la conciencia de Iglesia peregrina.

La Iglesia en Mendoza crece con entusiasmo en su impulso evangelizador, y su pastor, Mons. Cándido Genaro Rubiolo, centra sus esfuerzos en la organización pastoral de la diócesis y en la erección de centros de formación de clérigos y laicos, en respuesta a la necesidad de contar con agentes cualificados para la evangelización.

En 1981 el Seminario Arquidiocesano reabre sus puertas bajo la protección de “Nuestra Señora del Rosario”.

En 1983 se erige la Escuela Arquidiocesana de Ministerios para la preparación de los candidatos a los ministerios laicales y al diaconado permanente, y se crea el Instituto de Formación Docente Pablo VI, dedicado a la formación teológica y pastoral de los laicos y profesores de religión.

A ello se suma la consolidación del Seminario Arquidiocesano de Catequesis, creado a mediados de los años sesenta.

La diócesis cumple en 1984 los primeros cincuenta años de existencia y lo celebra con la misión “Evangelizarnos para Evangelizar”.

La experiencia eclesial vivida en el Congreso Mariano del 80 alienta este nuevo paso, e impulsa a las comunidades a prepararse para anunciar la Buena Nueva.

El grandioso esfuerzo realizado no tuvo la continuidad esperada y desembocó en un cierto desaliento.

A pesar de ello, se constituye en el punto de partida de una búsqueda más consciente y decidida de la Pastoral de conjunto.

En las jornadas de actualización pastoral del clero, realizadas en 1985 se concluye en la necesidad de encarar la nueva evangelización de una forma más eficaz, signada por una profunda eclesiología de comunión, orientada por objetivos comunes, con un nuevo ardor, método y expresión.

Surge así la “Opción Pastoral Englobante”, como proceso de comunión y participación de todos los miembros del pueblo de Dios, que de manera orgánica y realista, busca construir una sociedad nueva desde el Evangelio de Jesús.

La visita del Papa en 1987 hace fecundar la semilla plantada. En los años siguientes se trabaja intensamente por concretar la Opción Pastoral Diocesana: “Juntos formemos comunidades vivas, misioneras y solidarias para una Iglesia Viva, Misionera y Solidaria”.

Desde el Vaticano II y Puebla, se define la misión de la Iglesia diocesana y sus organismos; se delinea el rol de los centros de comunión y participación, y se impulsa el protagonismo de comunidades y agentes pastorales.

Surge la primera pastoral de comunidades y desde ella la conciencia de una necesidad: contar con un medio idóneo para plasmar las metas de esperanza.

En 1989 se consulta al Centro de Planificación Eclesial de Santiago de Chile (CEPLANE) para planificar la acción pastoral, y se crea el Consejo Arquidiocesano de Pastoral, responsable de propiciar las estrategias para que toda la diócesis pueda acceder a la Pastoral planificada.

La Iglesia en Argentina da a luz las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización (LPNE), proyectadas por los obispos con participación de todo el pueblo de Dios (1990).

Mendoza renueva su compromiso evangelizador, revisa su camino y actualiza el marco teológico-pastoral a la luz de estas líneas, que orientan una misión evangelizadora nueva, más orgánica y vigorosa.

En el V Centenario de la primera evangelización (1992), la Iglesia diocesana asume con renovado espíritu la meta de la nueva evangelización propuesta por LPNE: construir la civilización del amor.

La misión diocesana “Familia Ven, construye comunidades vivas, misioneras y solidarias” rescata el espíritu de los primeros evangelizadores, mira el presente con los ojos de la fe y apunta al futuro de esperanza: la civilización del amor.

La familia como “iglesia doméstica”, la parroquia como comunidad de comunidades y la diócesis como Iglesia particular, son protagonistas y destinatarias de este esfuerzo creador que busca renovar todos los sectores de la sociedad mendocina.

PROCESO dE RENOVACIÓN eCLESIAL Y PASTORAL

En esta acción pastoral y en las líneas trazadas en Santo Domingo (1992), cobra su último impulso el camino de renovación emprendido: a partir de 1993, la Iglesia en Mendoza inicia el proceso de planificación pastoral con el asesoramiento del CEPLANE.

Siguiendo una metodología establecida, las grandes etapas de este proceso son: el Marco de Referencia, el Diagnóstico y el Plan Diocesano de Pastoral.

El estudio, la reflexión y la oración de consagrados y laicos, y el aporte de las comunidades dan el fruto esperado: el Marco de Referencia (1996) que sintetiza y propone el ideal de Iglesia diocesana.

Dos años de intenso trabajo, de escucha atenta de la Palabra de Dios, de estudio de las enseñanzas de la Iglesia y de mirada amplia sobre la propia realidad permiten actualizar este ideal, y la Iglesia en Mendoza crece en su compromiso de trabajar en comunión para responder al llamado de Dios.

En su primera redacción y en la revisión de su contenido, participan miles de personas, aprovechando el tesoro de la enseñanza actual de la Iglesia.

En Pentecostés de 1996 Mons. José María Arancibia, nuevo arzobispo de Mendoza, entrega la versión definitiva del Marco de Referencia a todas la comunidades.

Para que este ideal sea conocido y asumido por el todo el pueblo de Dios, se inicia un tiempo de asimilación y profundización de gran provecho, que plantea el desafío de conocer a fondo la realidad.

Se inicia entonces la segunda etapa: el Diagnóstico, que alcanza a las comunidades eclesiales y a los sectores de la sociedad mendocina. Por este medio se quieren conocer mejor los desafíos y prioridades que debe enfrentar la Iglesia diocesana para realizar hoy su misión evangelizadora, atendiendo a la condición y circunstancias que la providencia le pone por delante.

Con este propósito, se hace una encuesta a los fieles de misa (julio de 1996) y las comunidades encaran su propio diagnóstico pastoral.

Organismos diocesanos, decanatos y parroquias, comunidades religiosas y movimiento eclesiales, institutos de formación y colegios católicos suman sus esfuerzos para procurar un diagnóstico de la realidad pastoral de la diócesis a la luz del ideal (Marco de Referencia).

En este caminar, crece el sentido de pertenencia, comunión y participación en comunidades y pastores.

Al diagnóstico pastoral se suma el diálogo con la sociedad de Mendoza.

Su fruto: un mejor y más profundo discernimiento de los signos de los tiempos y un conocimiento más acabado de los anhelos y problemas de personas y sectores.

En esta consulta extraeclesial son entrevistadas personas, entidades e instituciones del quehacer político, gremial, económico, universitario, cultural y de otras expresiones, y también los responsables de otros credos.

Con esta visión profunda y completa, en 1997 se elabora el Informe Global Diagnóstico que recoge los resultados del diagnóstico pastoral.

A él se suma otro documento que sintetiza por separado los aportes extraeclesiales.

Comienza entonces una etapa de profundo sentido espiritual: el Discernimiento pastoral comunitario.

Este ejercicio permite a las comunidades la escucha atenta de la voluntad de Dios sobre la realidad contenida en el Diagnóstico, a fin de determinar los desafíos que interpelan a la Iglesia diocesana en su acción evangelizadora.

Esta percepción contemplativa permite el compromiso pastoral de la Iglesia, de tal forma que su acción sea verdadera cooperación a la acción de Dios.

El último paso del proceso se inicia con el trabajo de profundización de los desafíos y líneas de acción discernidos (octubre 1997), en donde crece el protagonismo de los responsables diocesanos de su conducción.

Gracias al trabajo de la Comisión Redactora, al aporte de consagrados y laicos y al trabajo conjunto del Consejo Presbiteral y del Consejo Arquidiocesano de Pastoral, se establecen las prioridades pastorales que expresan la orientación fundamental de la acción evangelizadora de la Iglesia ante los desafíos que plantea la realidad.

En este primer momento culminante del proceso, se cuenta con el aporte iluminador del Dr. Eduardo Peña Vanegas, sociólogo y pedagogo del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

Mayo de 1998: por primera vez, la diócesis de Mendoza es invitada a participar de una Asamblea de Pastoral con carácter consultivo.

En ella se hacen sugerencias y propuestas para la redacción definitiva del objetivo general, los objetivos específicos y los criterios de acción del Plan pastoral.

Participan 250 delegados -tanto consagrados como laicos- de todas las instancias eclesiales de la diócesis: organismos, institutos de formación, parroquias, movimientos, colegios.

Es una experiencia eclesial fuerte, en la que se vive un clima de participación y comunión, que permite valorar con optimismo las expectativas futuras del camino de renovación eclesial y pastoral.

La Comisión Redactora, valiéndose de los aportes de la Asamblea diocesana y de consagrados y laicos reunidos en la VI Semana de Pastoral (octubre 1998), culmina la redacción del Plan pastoral que orientará la vida futura de la Iglesia en Mendoza con objetivos, estrategias y actitudes.

 

 

ENTREGA DEL PLAN DIOCESANO DE PASTORAL (volver)

El 27 de noviembre de 1998, en una emotiva ceremonia realizada en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Mendoza, el arzobispo entrega el Plan Diocesano de Pastoral a representantes de las distintas instancias eclesiales: sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, laicos; organismos diocesanos, decanatos, parroquias, institutos de vida consagrada, asociaciones y movimientos, colegios.

Se vive un momento fuerte de oración, de gratitud a Dios, de renovada esperanza, de compromiso ante el Señor y ante los hermanos de trabajar con empeño por la nueva evangelización en Mendoza.

El Plan de pastoral, fruto de una larga búsqueda vivida en comunión, es un compromiso de la Iglesia toda a renovar su vida y acción pastoral, respondiendo al impulso del Espíritu y a los desafíos reconocidos.

De este compromiso surge la necesidad sentida de buscar caminos eficaces y fecundos para su conocimiento, asimilación y aplicación.

La Iglesia en Mendoza continúa su marcha a instancias del nuevo Plan.

Sus primeros pasos: consolidar y animar a los organismos diocesanos y los consejos pastorales parroquiales para que se constituyan en verdaderos ámbitos de participación y corresponsabilidad, sirviendo de un modo eficaz a la pastoral orgánica, dinámica y participativa.

Otro de sus senderos: programar la acción pastoral mediante la elaboración de programas pastorales participativos.

Según su propio ritmo y posibilidades concretas, las comunidades van elaborando sus propios programas pastorales y, acompañados por los agentes capacitados, inician su aplicación y seguimiento.

La meta y sentido de este caminar no es otro que responder al llamado - evangélico y conciliar - lanzado por Juan Pablo II a asumir la nueva evangelización, que supone el encuentro y la conversión profunda a “Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad”.

 

Actual Obispo auxiliar de Mendoza

 

Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva, actual Obispo auxiliar de Mendoza, nació en San Martín el 19 de diciembre de 1963. En 1980 ingresó al Seminario menor que funcionaba en la Parroquia “San Vicente Ferrer”, y en 1982 inició sus estudios filosóficos en el recientemente reabierto Seminario Mayor “N. S. del Rosario”. Sus estudios teológicos los hizo en el Seminario Mayor de Córdoba “N. S. de Loreto”. El 28 de setiembre de 1990, recibió la ordenación presbiteral. Es Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1997).


Su primer destino pastoral fue como Secretario privado del entonces Arzobispo de Mendoza, Mons. Cándido Rubiolo. Se desempeñó también como Vicario parroquial, Formador y Profesor de Teología en el Seminario Mayor de Mendoza. En 1998 fue designado Director de estudios y luego Rector de esa casa de estudios. A lo largo de estos años, ha desempeñado varias tareas y encargos pastorales: fue Director de estudios de la Escuela Arquidiocesana de Ministerios, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores; ha colaborado en el Secretariado Arquidiocesano de Comunicación Social, y como vocero, en la Oficina de Prensa del Arzobispado. Ha participado también en el Equipo de Formación permanente del Clero. Junto a otros sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos ha tomado parte en el proceso de renovación eclesial y pastoral, sobre todo, colaborando en la redacción del Plan Diocesano de Pastoral.

El 16 de julio de 2008 fue designado por el Santo Padre Benedicto XVI obispo titular de Rusubiccari y Auxiliar de Mendoza. El 27 de setiembre de ese año recibió la ordenación episcopal de manos de Mons. José María Arancibia. Eligió como lema de su consagración episcopal una frase de San Pablo en el discurso de despedida de los presbíteros de Éfeso: “Testigo del Evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20,24).



CONCLUSIÓN (volver)

El pueblo de Dios que peregrina en Mendoza nace en aquel año de 1561 gracias al trabajo pastoral de sacerdotes seculares y religiosos, bajo la conducción del obispo de Santiago de Chile.

Este pueblo formado por hijos de la tierra e inmigrantes llegados de distintas partes, crea una cultura propia, consolida sus comunidades y crece en obras de apostolado.

Al madurar el fruto de aquella primera evangelización se constituye en Iglesia particular (1934).

Desde entonces, camina de la mano de su pastor propio, creciendo en obras y servicios gracias a la tarea evangelizadora de los sacerdotes nativos, de las congregaciones religiosas que fundan sus casas en estas tierras, y de las asociaciones y movimientos laicales.

Compartiendo una misma vocación con los otros pueblos, la Iglesia en Mendoza responde al llamado de Dios proclamado en el Vaticano II.

Desde un deseo fuertemente sentido de renovación eclesial y pastoral, desarrolla un proceso de conversión y comunión que promueve el crecimiento entusiasta y sostenido de sus comunidades, instituciones y obras, y alimenta el compromiso por responder a los grandes interrogantes y desafíos que plantea la nueva evangelización.

El Plan Diocesano de Pastoral muestra el camino que ha de recorrer en comunión en su tarea evangelizadora.

La Iglesia en Mendoza reconoce con gratitud el amor providente del Padre, que en Jesucristo y con la fuerza del Espíritu, la conduce en esta su historia de salvación.

Y con María, madre, modelo y signo de esperanza para la Iglesia comunión, continúa su marcha esperanzada hacia su meta final.

 

 

 

 

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