Última actualización: 17/08/2018

La Primera Evangelización Histórica

 

La diócesis de Mendoza

 

La Nueva Evangelización en Mendoza

 

Entrega del Plan Diocesano de Pastoral

 

Conclusión

 

LA PRIMERA eVANGELIZACIÓN dE MENDOZA (Volver)


Con las corrientes colonizadoras del Río de la Plata, del Tucumán y de Cuyo, penetra la evangelización en lo que más tarde será la República Argentina.

 

La acción pastoral de la Iglesia llega a las tierras de Cuyo, territorio que comprende las actuales provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, en la segunda mitad del siglo XVI, como consecuencia de la conquista de Chile por parte de los españoles procedentes del Perú.

 

En tierras cuyanas pobladas por los indios huarpes, el 2 de marzo de 1561, tiene lugar la fundación de la ciudad de Mendoza. Desde Santiago de Chile vienen los fundadores, encabezados por D. Pedro del Castillo. Junto con los que serían los primeros vecinos, llega también el primer sacerdote, Pbro. Hernando de la Cueva, y con él se inicia la evangelización en Cuyo, promovida por los obispos de la recién erigida diócesis de Santiago de Chile. A los pocos años de fundada, la nueva ciudad reconoce como patrono a Santiago Apóstol.

 

Arduos y pródigos en sinsabores son los años iniciales de la ciudad. Los escasos pobladores logran sobrevivir con el duro trabajo de las chacras y quintas que circundan la incipiente población. La mansedumbre del huarpe que brinda la mano de obra necesaria y la tranquilidad en que transcurre la vida de la pequeña comunidad, permiten el afianzamiento del núcleo urbano, el aprovechamiento de los valles cercanos y el inicio del tráfico comercial con otras ciudades del Río de la Plata hacia fines del siglo XVI.

 

En los siglos XVII y XVIII mientras crece lentamente la población, se expande la economía. En este último siglo la Corona encara cambios político-administrativos que afectan a la América española. Cuyo deja la Capitanía General de Chile para integrar el Virreinato del Río de la Plata (1776) y posteriormente la Gobernación Intendencia de Córdoba del Tucumán (1783).

 

Cuando en Mendoza se inicia el proceso evangelizador, aún no concluye el Concilio de Trento (1563) y la evangelización se lleva a cabo estrechamente unida a la fundación de ciudades, siguiendo las normas dictadas por la Corona.

 

En Cuyo, la docilidad del huarpe facilita la tarea, aunque debe enfrentar otras dificultades provenientes de las características naturales de la región, como el hecho de tener cerrados los pasos cordilleranos durante ocho meses al año y las carencias propias de la vida en aquella época.

 

Durante algunos períodos no hay cura que preste los auxilios religiosos a españoles y huarpes por carecer la población de recursos para sustentarlos. Es allí donde se destaca el celo de los obispos de Santiago que bregan incansablemente para asegurar la atención espiritual de los habitantes, al par que levantan su voz en defensa de los indígenas.

 

Pese a las leyes, en el siglo XVI los huarpes son llevados a Chile en gran número para remediar la falta de mano de obra. Ello provoca la ruptura de las familias, la drástica disminución de los indios o su fuga para evitar el destierro.

 

Hay que reconocer que han sido los religiosos la verdadera vanguardia de la evangelización. Misioneros mercedarios periódicamente acuden desde Chile y siembran la semilla evangélica entre los indígenas. Esta orden y la de predicadores establecen sus conventos a fines del siglo XVI y con ellos se inicia la tradicional devoción mariana del pueblo mendocino, que se expresa y se afirma con la proclamación de Nuestra Señora del Rosario como patrona de la ciudad en el siglo XVIII.

 

Desde comienzos del siglo XVII la acción del clero diocesano se ejerce desde la parroquia Matriz de Mendoza y desde las doctrinas rurales creadas en 1601 por el obispo Fray Juan Pérez de Espinoza.

 

Cuando Mendoza recibe esta primera visita pastoral de los obispos de Santiago, ya el Tercer Concilio Provincial de Lima (1582-1583), convocado por Santo Toribio de Mogrovejo, ha dictado disposiciones precisas en relación con la propagación del Evangelio. Podemos afirmar que se han trazado allí las “Líneas pastorales” de la primera evangelización en la arquidiócesis de Lima y sus diócesis sufragáneas, entre ellas la de Santiago de Chile. Este Concilio trata de llevar a la práctica las normas de Trento adaptadas a la realidad americana.

 

Se plantea la problemática de la evangelización y se toman decisiones de importancia capital, como el uso de las lenguas indígenas en la catequesis. Los problemas y desafíos que ofrece la labor pastoral son objeto de debates en los sucesivos sínodos diocesanos de Santiago, realizados a partir de 1586 y a lo largo de los siglos XVII y XVIII. En estos dos siglos se suman a la labor evangelizadora los jesuitas, agustinos y franciscanos.

 

Junto con la catequesis, inician también la educación de los nativos mediante las escuelas creadas en los conventos, algunas de ellas de reconocido prestigio como el Colegio de la Inmaculada Concepción de los jesuitas.

 

El siglo XVIII experimenta el desgarrón de la expulsión de los padres de la Compañía, mientras una nueva orden, la de los betlemitas, llega para hacerse cargo de la atención de los enfermos y se abre a la educación de las niñas el Colegio de la Buena Enseñanza, de las religiosas de la Compañía de María.

 

La reordenación general de la administración implementada por los reyes de España en el siglo XVIII, influye también en la acción evangelizadora.

 

En numerosas ocasiones los obispos denuncian la dispersión de la población en haciendas y estancias como factor decisivo en las dificultades de la evangelización. A partir de 1740 se lleva adelante una política de poblamiento para agrupar a los habitantes en villas y ciudades. La labor desplegada por la Junta de Poblaciones, que integran entre otros el obispo y el gobernador de Chile, tiende a reordenar el proceso poblador en Cuyo mediante el establecimiento de pueblos, a fin de asegurar la atención espiritual de blancos e indios. Aunque hay resistencia de parte de propietarios de estancias e indígenas, finalmente quedan establecidos pueblos de indios en Corocorto (La Paz), manteniéndose los de San Miguel y Asunción en las Lagunas (Lavalle).

 

En el Valle de Uco se erige el fuerte de San Carlos en 1770. Junto al fuerte, dos años después, se funda la villa de San Carlos. La atención de estas poblaciones queda a cargo de las parroquias de San Carlos, San José de Corocorto y Rosario de Las Lagunas, erigidas a comienzos del siglo XVII.

 

Los momentos finales de la época hispánica traen para la Iglesia en Mendoza el cambio de jurisdicción, consecuencia de las reformas político-administrativas realizadas por el gobierno español. Mendoza, San Juan y San Luis dejan la jurisdicción santiaguina para formar parte de la diócesis de Córdoba del Tucumán (1809).

 

A partir de 1810, la crisis revolucionaria en la América española y la guerra de independencia, traen importantes consecuencias para la Iglesia en Argentina y su labor pastoral. En primer lugar, la ruptura con la Corona provoca una situación similar con la Sede Apostólica, por ser los reyes intermediarios ante Roma, en virtud del patronato. Con sedes vacantes por fallecimiento o destierro de los obispos, relajación de la disciplina del clero y medidas regalistas implantadas por los gobiernos “ilustrados”, la Iglesia vive situaciones difíciles, que no logra solucionar la misión enviada por el Papa Pío VII, en la persona de Mons. Juan Muzzi (1824). La orfandad en que se encuentra la Iglesia en Argentina, comienza a tener visos de solución después de la batalla de Ayacucho (1824), cuando queda sellada la independencia de hispanoamérica, y la Santa Sede inicia relaciones con las nuevas naciones.

 

Una medida de gran importancia es la erección del Vicariato Apostólico de Cuyo en 1828, a cuya cabeza es colocado Fr. Justo Santa María de Oro. Las autoridades de San Juan logran que el Papa Gregorio XVI erija la diócesis de San Juan de Cuyo en 1834. Cuatro obispos gobiernan la diócesis en los años restantes del siglo XIX. En esta etapa, mientras se organiza definitivamente la nación, se producen importantes y decisivas transformaciones en el orden social, económico y cultural.

 

Argentina entra en la era del progreso, meta de la generación liberal, de la mano con la ideología imperante. En ese contexto, la ciudad de Mendoza sufre el trágico sismo de 1861 que la sepulta en ruinas. Pero poco después comienza a levantarse la nueva ciudad, impulsada por los gobernantes que participan de la misma ideología que se impone en el país. En esta etapa, la acción pastoral de la Iglesia se resuelve en la creación de parroquias y la instalación de congregaciones religiosas. Las visitas pastorales van acompañadas por una misión, generalmente a cargo de religiosos. Pero el laicismo sigue avanzando. La lucha entablada entre católicos y liberales frente a la legislación de la época, marca con caracteres especiales este momento tan difícil en la historia de la Iglesia, y hace ver la necesidad urgente de enfrentar los desafíos de la hora con una renovada acción pastoral que tienda a afirmar los principios cristianos en la gran masa del pueblo fiel, al mismo tiempo que se dé un fuerte apoyo a la labor de los laicos.

 

Desde Roma, León XIII convoca al Concilio Plenario de la América Latina (1899), considerado como uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia en los momentos finales del siglo XIX. De esa reunión surgen disposiciones que sirven de orientación para la labor pastoral en los años siguientes, tanto en lo referente a los principios del dogma, cuanto a la difusión de la fe mediante la predicación y la enseñanza.

 

En Cuyo, el episcopado de Mons. José Américo Orzali (1912-1939) encara una serie de medidas que ponen en práctica las normas conciliares. Mientras aumenta el número de parroquias e impulsa una formación más profunda del clero, convoca dos sínodos diocesanos, crea el Boletín Oficial de la diócesis, trae nuevas congregaciones religiosas, funda centros de formación para laicos donde se estudian los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, insiste con ardor en la unión de las fuerzas católicas y encarece la importancia de la prensa como vehículo de evangelización. También trabaja activamente para la creación de las diócesis de Mendoza y de San Luis.

 

lA DIÓCESIS dE MENDOZA (Volver)

La década del 30 trae importantes novedades para la Iglesia en Argentina y en Cuyo. Mientras en 1931 y respondiendo al llamado del Papa Pío XI, surge la Acción Católica Argentina y con ella el movimiento de apostolado laical que se constituye en brazo derecho de la jerarquía para la cristianización de la sociedad, el 20 de abril de 1934, la bula Nobilis Argentinae Nationis crea diez nuevas diócesis, entre ellas la de Mendoza y Neuquén y la de San Luis. San Juan de Cuyo es elevada a arquidiócesis y Monseñor Orzali designado arzobispo.

 

Mons. José Aníbal Verdaguer, fue el primer Obispo de Mendoza y Neuquén (1935-1940). Nació en el Plumerillo, Provincia de Mendoza, el 15 de abril de 1877. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar de San Juan de Cuyo, y recibió la ordenación sacerdotal el 27 de diciembre de 1901. Se desempeñó como párroco de la iglesia Matriz, pro Vicario foráneo de Mendoza, y Rector del Seminario de San Juan de Cuyo. Se destacó como investigador publicando entre otras obras Historia de Mendoza e Historia Eclesiástica de Cuyo .

El 30 de septiembre de 1934 fue elegido Obispo de Mendoza y Neuquén, y tomó posesión canónica el 16 de marzo de 1935. Dedicó sus esfuerzos a organizar la nueva Diócesis; inició las gestiones para la fundación del Seminario diocesano y la obtención de un edificio para sede del Obispado; dio impulso a la organización parroquial; efectuó la visita pastoral a toda la jurisdicción y creó dos nuevas parroquias. En 1937 fundó la Congregación de las Hermanas Obreras Catequistas de Jesús Sacramentado. Falleció el 19 de julio de 1940. Sus restos descansan en la iglesia Catedral Nuestra Señora de Loreto.

 

Mons. Alfonso María Buteler fue el segundo Obispo diocesano (1940-1973). Nació el 11 de septiembre de 1892 en Los Molinos (Córdoba). Realizó sus estudios en el Seminario Conciliar Nuestra Señora de Loreto (Córdoba) y los concluyó en Roma donde obtuvo los doctorados en Filosofía y Teología. En octubre de 1915 fue ordenado sacerdote. De regreso en la Argentina además de su actuación en distintas parroquias, fue Profesor y Rector del Seminario cordobés.

El 11 de octubre de 1940 fue elegido Obispo de Mendoza y Neuquén. Consagrado Obispo el 1º de diciembre de 1940, tomó posesión canónica el 21 de diciembre de ese mismo año. Elevada Mendoza a la categoría de Arquidiócesis en 1961, Mons. Buteler se convirtió en su primer Arzobispo.

Su labor pastoral quedó reflejada en la creación del Seminario diocesano de Mendoza (Lunlunta) y la promoción de las vocaciones sacerdotales; en la erección de numerosas parroquias; el establecimiento de congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza y al apostolado; y en el apoyo entusiasta a la Acción Católica , con fuerte presencia en todos los ambientes.

 

Entre los años 1962 y 1965, contó con la ayuda de su primer Obispo auxiliar, Mons. José Miguel Medina . Nacido en Buenos Aires el 31 de enero de 1916, fue elegido Obispo titular de Termesso y Auxiliar de Mendoza el 12 de junio de 1962, y consagrado el 12 de agosto de ese mismo año. En septiembre de 1965 fue promovido a Obispo de Jujuy.

 

Dificultades originadas en la renovación eclesial impulsada por el Concilio Vaticano II, concluyeron en una situación de crisis con el clero y en el cierre del Seminario diocesano a fines de 1966. En marzo de 1967, Mons. Olimpo Santiago Maresma, fue designado Administrador Apostólico (sede plena), y tomó a su cargo el gobierno de la Diócesis. Mons. Alfonso María Buteler falleció el 30 de septiembre de 1973. Sus restos reposan en la Catedral de Mendoza.

 

Mons. Olimpo Santiago Maresma, gobernó la Arquidiócesis de Mendoza primero como Administrador Apostólico (1967-1974) y luego como Arzobispo (1974-1979). Nació en Casilda (Santa Fe) el 25 de julio de 1916. Realizó sus estudios en el Seminario de Santa Fe y fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1940. En la Diócesis de Rosario se desempeñó como párroco, Asesor de numerosos Movimientos y Administrador general del Obispado.

El 7 de diciembre de 1965 fue elegido obispo titular de Gegi y Auxiliar de Mendoza. Fue consagrado el 30 de enero de 1966. Inmediatamente se hizo cargo de sus funciones de Obispo Auxiliar y Vicario general de Mendoza. Desde entonces, colaboró estrechamente con el Arzobispo en el cuidado pastoral de la Diócesis. En marzo de 1967 fue nombrado Administrador Apostólico de la Arquidiócesis y continuó como tal luego del fallecimiento de Mons. Buteler, hasta el 21 de noviembre de 1974 en que fue promovido a Arzobispo.

Llevó adelante una meritoria actividad pastoral. Debió encarar con prudencia los difíciles momentos que vivió la Iglesia del postconcilio. Mendoza fue testigo de su profunda preocupación por las vocaciones sacerdotales, la promoción de los movimientos de apostolado laico, y la permanente ayuda a los desamparados. Su caridad sacerdotal le llevó a encarar acciones concretas en favor de los derechos humanos y a una eficaz ayuda a los migrantes. Falleció el 3 de julio de 1979, en plena organización del Congreso Mariano Nacional. Sus restos descansan en la Iglesia Catedral de Mendoza.

 

Mons. Cándido Genaro Rubiolo, sucedió a Mons. Maresma como nuevo Arzobispo de Mendoza (1979-1996). Nació en Devoto, provincia de Córdoba, el 19 de septiembre de 1920. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Córdoba y recibió la ordenación sacerdotal el 22 de septiembre de 1945. En la Arquidiócesis de Córdoba desempeñó funciones de párroco, Rector del Seminario y Asesor de Asociaciones de Apostolado laico. El 4 de septiembre de 1974 fue elegido Obispo Titular de Aque in Mauretania y Auxiliar de Córdoba. Recibió la consagración episcopal el 17 de noviembre de 1974. En 1976 la Santa Sede lo designó Administrador Apostólico de la Diócesis de La Rioja. Cumplió dicho oficio hasta su traslado como Obispo de Villa María el 15 de abril de 1977.

Promovido a Arzobispo de Mendoza el 15 de octubre de 1979, tomó posesión canónica el 23 de noviembre del mismo año. Inició su labor pastoral con la realización del Congreso Mariano Nacional de 1980. En 1981, fruto de ese mismo Congreso, el Seminario de Mendoza reabrió sus puertas, bajo el patronazgo de Nuestra Señora del Rosario.

Bajo el lema "Evangelizarnos para Evangelizar" en 1984 se celebró el jubileo de la Diócesis. Terminada la misión jubilar, se inició la búsqueda de un ideal de Iglesia diocesana. Nació así el trabajo de una pastoral planificada. Unido a ello, Mons. Rubiolo centró sus esfuerzos en la organización pastoral de la Diócesis : erigió nuevas parroquias; creó los organismos diocesanos responsables de las diversas áreas pastorales, y dio lugar al protagonismo de los laicos, promovido siempre por su Pastor.

Sirvió a la Iglesia como miembro del Pontificio Consejo para los laicos (1984-1989); del Departamento de laicos del CELAM (1984-1989); y en distintos cargos en la Conferencia Episcopal Argentina.

El 25 de marzo de 1996 el Santo Padre aceptó su renuncia y lo designó Arzobispo emérito de Mendoza. Para entonces ya había iniciado la misión de regir la Diócesis de San Rafael como Administrador Apostólico, cargo que desempeñó hasta la toma de posesión de su nuevo obispo en mayo de 1997.

En sus últimos años residió en la Arquidiócesis de Córdoba, donde prestó su colaboración en la pastoral familiar. En la Conferencia Episcopal Argentina se desempeñó como Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar y Miembro de la Comisión Permanente (1996-1999). Mons. Rubiolo falleció el 9 de febrero de 2004 y sus restos fueron trasladados a Mendoza para descansar en la Catedral de Loreto.

 

Entre 1983 y 1991, Mons. Rubiolo contó con la ayuda de su Obispo auxiliar, Mons. Rafael Eleuterio Rey. Nacido en Mendoza el 18 de abril de 1933, se ordenó sacerdote el 20 de diciembre de 1958. Elegido Obispo titular de Ilta y auxiliar de Mendoza el 5 de mayo de 1983, fue consagrado el 3 de julio de ese mismo año. Promovido como Obispo de Zárate-Campana, tomó posesión canónica el 21 de marzo de 1991.

 

Mons. José María Arancibia, sucedió a Mons. Cándido Rubiolo, nació en Buenos Aires el 11 de abril de 1937. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Córdoba y recibió la ordenación sacerdotal el 22 de septiembre de 1962. Es Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1966) y Doctor en Teología (especialidad Moral) por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma (1969).

El 26 de febrero de 1987 fue elegido Obispo Titular de Cerenza y Auxiliar de Córdoba. Recibió la consagración episcopal el 28 de mayo del mismo año.

Promovido a Arzobispo Coadjutor de Mendoza el 13 de febrero de 1993, tomó posesión canónica el 28 de mayo de ese mismo año. Desde el 25 de marzo de 1996 se desempeñó como Arzobispo diocesano.

En la Conferencia Episcopal Argentina se desempeñó como: Secretario General (1987-1993), Miembro de la Comisión Ejecutiva (1987-1993) y de la Comisión Permanente (1987-1993, 1996-2005); Miembro de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura (1987-1993) y de la Comisión Episcopal de Ministerios (1993-1996), de la que luego fue su Presidente (1996-2002); Subdelegado ante el CELAM (1993-1999), y miembro del Equipo para la reestructuración de los organismos de la CEA (2002-2005). Entre el 2005 – 2008 fue miembro de la Comisión Permanente y Presidente del Consejo de Asuntos Económicos. Entre los años 2001 y 2005 se desempeñó como Moderador de la Región Pastoral Cuyo.

Participó en la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo (1992), y en tres Sínodos de Obispos en Roma: 8º Asamblea general ordinaria sobre la Formación sacerdotal (1990); Asamblea especial para América (1997), y 11º Asamblea general ordinaria sobre la Eucaristía (2005). En marzo de 2006, el Santo Padre Benedicto XVI lo designó miembro del Consejo especial para América, de la Secretaría general del Sínodo de los Obispos. Ese mismo año fue elegido como Delegado a la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano (Aparecida, mayo 2007).

Por mandato de la Santa Sede , se desempeñó como Visitador apostólico del Seminario mayor interdiocesano Santiago el Mayor (Argentina, 1991), de los Seminarios mayores de Chile (1994), y de los Seminarios mayores del Paraguay (1996).

En estos años de Episcopado, Mons. Arancibia impulsó la tarea de renovación eclesial iniciada, promoviendo el compromiso por una acción pastoral más intensa, orgánica y misionera. Gracias al trabajo, experiencia y al aporte de muchas personas e instituciones, se elaboró el Plan Diocesano de Pastoral con objetivos, estrategias y actitudes. Después de su aprobación y entrega a la diócesis en noviembre de 1998, dicho Plan de Pastoral ha orientado la acción evangelizadora de la Iglesia diocesana a lo largo de estos años. A partir de 2001, cada año es publicado un Diseño pastoral con el objetivo de hacer una aplicación orgánica y sistemática del mismo.

Los frutos que la Arquidiócesis de Mendoza está recogiendo son numerosos, y en distintos campos. Cabe mencionar la renovación de los centros de formación para agentes de pastoral, los planes de formación permanente, la consolidación de la Escuela Arquidiocesana de Ministerios, el afianzamiento de los principales Consejos diocesanos (Presbiteral, de Pastoral, de Órdenes y de Consultores), una mejor organización de la Curia arzobispal.

En estos años, se han ido capacitando sacerdotes en distintos campos de las ciencias eclesiásticas: teología, espiritualidad, derecho, etc.

Este esfuerzo no solo ha redundado en beneficio de los institutos de formación gestionados por la Diócesis (Seminario Arquidiocesano, Instituto Pablo VI, Escuela de Ministerios “San José”, Seminario de Catequesis “Divino Maestro”), sino también en la calidad de la acción evangelizadora de la misma Iglesia diocesana.

El 12 de noviembre, el Santo Padre aceptó su renuncia siendo en la actualidad Arzobispo emérito de Mendoza.

 

Entre los años 2008 y 2013, contó con la ayuda de su Obispo auxiliar, Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva. Nació en San Martín, Mendoza, el 19 de diciembre de 1963. En 1980 ingresó al Seminario menor que funcionaba en la Parroquia “San Vicente Ferrer”, y en 1982 inició sus estudios filosóficos en el recientemente reabierto Seminario Mayor “N. S. del Rosario”. Sus estudios teológicos los hizo en el Seminario Mayor de Córdoba “N. S. de Loreto”. El 28 de setiembre de 1990, recibió la ordenación presbiteral. Es Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1997)

El 16 de julio de 2008 fue designado por el Santo Padre Benedicto XVI obispo titular de Rusubiccari y Auxiliar de Mendoza. El 27 de setiembre de ese año recibió la ordenación episcopal de manos de Mons. José María Arancibia. Eligió como lema de su consagración episcopal una frase de San Pablo en el discurso de despedida de los presbíteros de Éfeso: “Testigo del Evangelio de la gracia de Dios” ( Hch. 20,24).

Luego de que el Santo Padre aceptara la renuncia de Mons. José María Arancibia, fue elegido Administrador diocesano por el Colegio de Consultores, hasta tanto asumiera el nuevo Arzobispo.

El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco lo nombró Obispo de la Diócesis de San Francisco (Córdoba).

 

Mons. Carlos María Franzini sucedió a Mons. José María Arancibia. nació en Buenos Aires el 6 de septiembre de 1951. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Carmen Arriola de Marín, de San Isidro, y los de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor San Agustín, de la diócesis de San Isidro, y en la Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires.

Ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1977 en la catedral de San Isidro por monseñor Antonio María Aguirre, obispo de San Isidro, fue vicario cooperador de las parroquias Sagrado Corazón (Boulogne 1978), Santa María Magdalena (Florida 1979-1980) y de la catedral San Isidro Labrador (San Isidro 1980-1983). También se desempeñó como capellán de la abadía Santa Escolástica (Victoria 1983-1990), director espiritual del seminario San Agustín (1985-1989) y profesor de teología de esa casa desde 1983.

Entre 1980 y 1990 fue canciller de la curia eclesiástica de San Isidro, y de 1989 a 1993, subsecretario ejecutivo de la Conferencia Episcopal Argentina. Desde 1994 dirigió la revista Pastores (Cuadernos para la formación sacerdotal permanente).

Desde 1990 hasta su nombramiento de obispo de Rafaela ejerció el cargo de vicario general de la diócesis de San Isidro.

El 29 de abril de 2000 el papa Juan Pablo II lo eligió obispo de Rafaela. Recibió la ordenación episcopal en la catedral de Rafaela el 19 de junio de ese mismo año de manos de monseñor Alcides Jorge Pedro Casaretto, obispo de San Isidro. Fueron co-consagrantes el arzobispo de Paraná y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Estanislao Esteban Karlic, y el entonces arzobispo de Mendoza, monseñor José María Arancibia.

El mismo día de su consagración tomó posesión de esa sede episcopal e inició su ministerio pastoral como quinto obispo de Rafaela.

En la Conferencia Episcopal es presidente de la Comisión de Vida Consagrada y su lema episcopal es “Servidor y testigo”.

Monseñor Franzini fue uno de los cuatro obispos argentinos que participaron en el Vaticano en el reciente Sínodo de los Obispos para la Nueva Evangelización.

Tomó posesión canónica de la Arquidiócesis de Mendoza el 9 de febrero de 2013 y fue su sexto obispo y quinto arzobispo. Tras dignosticarle un cáncer, falleció el 8 de diciembre de 2017.

 

Mons. Franzini contó, desde junio del año 2015, con la ayuda de su Obispo Auxiliar, Mons. Dante Gustavo Braida. Mons. Dante nació en la ciudad de Reconquista, departamento de General Obligado, provincia de Santa Fe, el 18 de julio de 1968. Sus estudios filosóficos y teológicos y su formación sacerdotal transcurrieron en el Instituto de estudios filosófico-teológicos "Santo Toribio de Mogrovejo", perteneciente al Seminario Interdiocesano "La Encarnación", de Resistencia, Chaco. Fue ordenado sacerdote por monseñor Juan Rubén Martínez, entonces obispo de Reconquista, el 21 de abril de 1996 en la catedral de la Inmaculada Concepción, de Reconquista.

El 11 de abril de 2015, el Papa Francisco lo nombró obispo titular de Tanudaia y auxiliar de la arquidiócesis de Mendoza. Recibió la Ordenación Episcopal de manos de Mons. Carlos María Franzini en la Arquidiócesis de Mendoza, el 12 de junio de 2015, en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores y Tránsito de San José de Ciudad. El lema de su consagración episcopal reza: “La paz esté con ustedes” (Lc 24,36).

Tras la muerte del Arzobispo de Mendoza, Mons. Carlos María Franzini, el Papa Francisco lo nombró Administrador Apostólico "Sede Vacante" de la Arquidiócesis de Mendoza, cargo que ocupó desde el 9 de diciembre de 2017 hasta el 11 de agosto de 2018, día de la toma de posesión de Mons. Marcelo Daniel Colombo, el nuevo Arzobispo nombrado por su Santidad para la Arquidiócesis de Mendoza.

El 29 de diciembre de 2017, ordenó episcopalmente al nuevo Obispo Auxiliar de Mendoza, Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli.

Actualmente se desempeña como Obispo Auxiliar y Vicario General de la Arquidiócesis de Mendoza.

 

Ante la intensa labor pastoral que demanda la Arquidiócesis de Mendoza, Mons. Carlos María Franzini había solicitado la ayuda de un nuevo Obispo Auxiliar. Por tal motivo el Papa Francisco nombró a Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli como obispo Titular de Pauzera (Argelia) y auxiliar de la Arquidiócesis de Mendoza.

Nacido en Buenos Aires, el 25 de junio de 1960. Cursó estudios de Veterinaria en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Perteneció al clero de San Isidro y desde 2015 cumplió funciones en el Vaticano, en la Congregación para el Clero.

Mons.  Mazzitelli es bachiller en Teología, fue ordenado diácono en la Diócesis de San Isidro el 11 de marzo de 1989 y sacerdote el 15 de diciembre del mismo año, por la imposición de las manos de Monseñor Jorge Casaretto. Su primer destino pastoral fue como vicario en la Parroquia Santa Rita de la Diócesis de San Isidro, luego fue nombrado formador en el Seminario Diocesano de San Isidro, llegando a ser rector del mismo. Formó parte por varios años del Consejo Presbiteral.

Fue secretario de la Organización de Seminarios de la Argentina (OSAR) y entre 1997 y 2010, designado como Vicepresidente y Presidente de la misma. Cuba fue otra tierra de misión para Mons. Marcelo, donde estuvo sirviendo en la Parroquia San José, de la ciudad de Holguín, en 2011 y 2012. A su regreso fue designado párroco de Santa Rita, de Boulogne, Buenos Aires, donde se desempeñó hasta el 2015.

El 10 de noviembre de 2017, fue nombrado por el Santo Padre Francisco, como obispo Titular de Pauzera (Argelia) y auxiliar de la Arquidiócesis de Mendoza.

El 29 de diciembre de 2017, recibió la Ordenación Episcopal de manos del Administrador Apostólico “Sede Vacante” de la Arquidiócesis de Mendoza, Mons. Dante Gustavo Braida, en la Parroquia “Nuestra Señora de los Dolores y Tránsito de San José” de la Ciudad de Mendoza.

 

Después de unos de meses de espera, el Santo Padre Francisco nombró al sucesor de Mons. Franzini y nombró como Arzobispo de Mendoza a Mons. Marcelo Daniel Colombo, quien pasó a ser el septimo obispo y sexto arzobispo de la Arquidiócesis de Mendoza.

Mons. Marcelo Colombo nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1961; fue ordenado sacerdote en la catedral de la Inmaculada Concepción de Quilmes, el 16 de diciembre de 1988 por Mons. Jorge Novak SVD, obispo de Quilmes. Cursó los estudios de Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA), realizó los estudios de filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires” (UCA) y los estudios teológicos en el Centro de Estudios Filosóficos y Teológicos de Quilmes. Obtuvo la Licencia en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en 1994, y el doctorado en la misma disciplina, en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino, de Roma, en 1995. Fue vicario parroquial, administrado parroquial en comunidades de la Diócesis de Quilmes, Director pastoral de Nuestra Señora de Itatí de Berazategui (1995-2004), presidente de la Comisión Judicial (1995-1998; 2004-2009), rector del Centro de Estudios Filosóficos y Teológicos de Quilmes (1995-2004), vicerrector (1995-1996) y rector del seminario mayor María Reina de los Apóstoles (1996-2004), asesor legal y técnico del Obispado (2001-2004), provicario episcopal de Educación (2002-2004), párroco de la catedral de Quilmes desde 2004, asesor diocesano del Secretariado para la Familia (2004-2007), vicario episcopal de Evangelización (2007-2009) y desde marzo de 2009, vicario episcopal de Educación.

Elegido obispo de Orán el 8 de mayo de 2009 por Benedicto XVI; recibió la ordenación episcopal en la catedral Inmaculada Concepción de Quilmes, el 8 de agosto de 2009 por Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes (coconsagrantes Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta y Mons. Jorge Rubén Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora); tomó posesión e inició su ministerio pastoral como sexto obispo de Orán el 22 de agosto de 2009. El 9 de Julio de 2013 fue nombrado obispo de La Rioja y celebró la misa de asunción el 7 de septiembre del mismo año.

El 22 de mayo de 2018 fue publicado su nombramiento como Arzobispo de Mendoza. El 11 de agosto del mismo año tomó posesión de la Arquidiócesis de Mendoza y es su séptimo obispo y sexto arzobispo.

Es además vicepresidente 2° de la Conferencia Episcopal. Su lema episcopal reza «Conságralos en la verdad».

 

 

LA NUEVA eVANGELIZACIÓN eN MENDOZA (Volver)

El anhelo de renovación eclesial y pastoral proclamado por el Concilio Vaticano II, es impulsado por Juan Pablo II en sucesivas exhortaciones que invitan a la Iglesia a renovarse en su vida y su acción evangelizadora.

La Iglesia en Mendoza se siente convocada por esta invitación del Santo Padre (1983 y 1984), y asume el desafío de la nueva evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos y expresión.

Durante los sucesivos episcopados de Mons. Cándido Genaro Rubiolo (1979-1996) y Mons. José María Arancibia (1996), obispos, presbiterio y pueblo trabajan en comunión por esta renovación, que comprende la vida y acción de la Iglesia por entero.

Es este un tiempo de gracia, de encuentro con Jesucristo, de conversión entusiasta hacia Él, y una ocasión providencial para crecer en comunión a través de la búsqueda compartida y del esfuerzo sostenido por lograr una Pastoral de conjunto, más orgánica, con mayor sentido misionero, comprometida con las necesidades humanas y sociales de nuestro tiempo.

Esta historia está jalonada por pasos importantes, con sus luces y sombras, con sus desafíos y exigencias.

En el inicio del camino encontramos el Congreso Mariano Nacional del año 1980.

La presencia de María mueve los corazones a Jesús. El lema “A Cristo por María” resuena en toda Mendoza.

Este Congreso produce, entre otros frutos: el despertar de la conciencia laical y de vida diocesana, el entusiasmo por evangelizar, por el trabajo pastoral orgánico y la conciencia de Iglesia peregrina.

La Iglesia en Mendoza crece con entusiasmo en su impulso evangelizador, y su pastor, Mons. Cándido Genaro Rubiolo, centra sus esfuerzos en la organización pastoral de la diócesis y en la erección de centros de formación de clérigos y laicos, en respuesta a la necesidad de contar con agentes cualificados para la evangelización.

En 1981 el Seminario Arquidiocesano reabre sus puertas bajo la protección de “Nuestra Señora del Rosario”.

En 1983 se erige la Escuela Arquidiocesana de Ministerios para la preparación de los candidatos a los ministerios laicales y al diaconado permanente, y se crea el Instituto de Formación Docente Pablo VI, dedicado a la formación teológica y pastoral de los laicos y profesores de religión.

A ello se suma la consolidación del Seminario Arquidiocesano de Catequesis, creado a mediados de los años sesenta.

La diócesis cumple en 1984 los primeros cincuenta años de existencia y lo celebra con la misión “Evangelizarnos para Evangelizar”.

La experiencia eclesial vivida en el Congreso Mariano del 80 alienta este nuevo paso, e impulsa a las comunidades a prepararse para anunciar la Buena Nueva.

El grandioso esfuerzo realizado no tuvo la continuidad esperada y desembocó en un cierto desaliento.

A pesar de ello, se constituye en el punto de partida de una búsqueda más consciente y decidida de la Pastoral de conjunto.

En las jornadas de actualización pastoral del clero, realizadas en 1985 se concluye en la necesidad de encarar la nueva evangelización de una forma más eficaz, signada por una profunda eclesiología de comunión, orientada por objetivos comunes, con un nuevo ardor, método y expresión.

Surge así la “Opción Pastoral Englobante”, como proceso de comunión y participación de todos los miembros del pueblo de Dios, que de manera orgánica y realista, busca construir una sociedad nueva desde el Evangelio de Jesús.

La visita del Papa en 1987 hace fecundar la semilla plantada. En los años siguientes se trabaja intensamente por concretar la Opción Pastoral Diocesana: “Juntos formemos comunidades vivas, misioneras y solidarias para una Iglesia Viva, Misionera y Solidaria”.

Desde el Vaticano II y Puebla, se define la misión de la Iglesia diocesana y sus organismos; se delinea el rol de los centros de comunión y participación, y se impulsa el protagonismo de comunidades y agentes pastorales.

Surge la primera pastoral de comunidades y desde ella la conciencia de una necesidad: contar con un medio idóneo para plasmar las metas de esperanza.

En 1989 se consulta al Centro de Planificación Eclesial de Santiago de Chile (CEPLANE) para planificar la acción pastoral, y se crea el Consejo Arquidiocesano de Pastoral, responsable de propiciar las estrategias para que toda la diócesis pueda acceder a la Pastoral planificada.

La Iglesia en Argentina da a luz las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización (LPNE), proyectadas por los obispos con participación de todo el pueblo de Dios (1990).

Mendoza renueva su compromiso evangelizador, revisa su camino y actualiza el marco teológico-pastoral a la luz de estas líneas, que orientan una misión evangelizadora nueva, más orgánica y vigorosa.

En el V Centenario de la primera evangelización (1992), la Iglesia diocesana asume con renovado espíritu la meta de la nueva evangelización propuesta por LPNE: construir la civilización del amor.

La misión diocesana “Familia Ven, construye comunidades vivas, misioneras y solidarias” rescata el espíritu de los primeros evangelizadores, mira el presente con los ojos de la fe y apunta al futuro de esperanza: la civilización del amor.

La familia como “iglesia doméstica”, la parroquia como comunidad de comunidades y la diócesis como Iglesia particular, son protagonistas y destinatarias de este esfuerzo creador que busca renovar todos los sectores de la sociedad mendocina.

 

PROCESO dE RENOVACIÓN eCLESIAL Y PASTORAL

En esta acción pastoral y en las líneas trazadas en Santo Domingo (1992), cobra su último impulso el camino de renovación emprendido: a partir de 1993, la Iglesia en Mendoza inicia el proceso de planificación pastoral con el asesoramiento del CEPLANE.

Siguiendo una metodología establecida, las grandes etapas de este proceso son: el Marco de Referencia, el Diagnóstico y el Plan Diocesano de Pastoral.

El estudio, la reflexión y la oración de consagrados y laicos, y el aporte de las comunidades dan el fruto esperado: el Marco de Referencia (1996) que sintetiza y propone el ideal de Iglesia diocesana.

Dos años de intenso trabajo, de escucha atenta de la Palabra de Dios, de estudio de las enseñanzas de la Iglesia y de mirada amplia sobre la propia realidad permiten actualizar este ideal, y la Iglesia en Mendoza crece en su compromiso de trabajar en comunión para responder al llamado de Dios.

En su primera redacción y en la revisión de su contenido, participan miles de personas, aprovechando el tesoro de la enseñanza actual de la Iglesia.

En Pentecostés de 1996 Mons. José María Arancibia, nuevo arzobispo de Mendoza, entrega la versión definitiva del Marco de Referencia a todas la comunidades.

Para que este ideal sea conocido y asumido por el todo el pueblo de Dios, se inicia un tiempo de asimilación y profundización de gran provecho, que plantea el desafío de conocer a fondo la realidad.

Se inicia entonces la segunda etapa: el Diagnóstico, que alcanza a las comunidades eclesiales y a los sectores de la sociedad mendocina. Por este medio se quieren conocer mejor los desafíos y prioridades que debe enfrentar la Iglesia diocesana para realizar hoy su misión evangelizadora, atendiendo a la condición y circunstancias que la providencia le pone por delante.

Con este propósito, se hace una encuesta a los fieles de misa (julio de 1996) y las comunidades encaran su propio diagnóstico pastoral.

Organismos diocesanos, decanatos y parroquias, comunidades religiosas y movimiento eclesiales, institutos de formación y colegios católicos suman sus esfuerzos para procurar un diagnóstico de la realidad pastoral de la diócesis a la luz del ideal (Marco de Referencia).

En este caminar, crece el sentido de pertenencia, comunión y participación en comunidades y pastores.

Al diagnóstico pastoral se suma el diálogo con la sociedad de Mendoza.

Su fruto: un mejor y más profundo discernimiento de los signos de los tiempos y un conocimiento más acabado de los anhelos y problemas de personas y sectores.

En esta consulta extraeclesial son entrevistadas personas, entidades e instituciones del quehacer político, gremial, económico, universitario, cultural y de otras expresiones, y también los responsables de otros credos.

Con esta visión profunda y completa, en 1997 se elabora el Informe Global Diagnóstico que recoge los resultados del diagnóstico pastoral.

A él se suma otro documento que sintetiza por separado los aportes extraeclesiales.

Comienza entonces una etapa de profundo sentido espiritual: el Discernimiento pastoral comunitario.

Este ejercicio permite a las comunidades la escucha atenta de la voluntad de Dios sobre la realidad contenida en el Diagnóstico, a fin de determinar los desafíos que interpelan a la Iglesia diocesana en su acción evangelizadora.

Esta percepción contemplativa permite el compromiso pastoral de la Iglesia, de tal forma que su acción sea verdadera cooperación a la acción de Dios.

El último paso del proceso se inicia con el trabajo de profundización de los desafíos y líneas de acción discernidos (octubre 1997), en donde crece el protagonismo de los responsables diocesanos de su conducción.

Gracias al trabajo de la Comisión Redactora, al aporte de consagrados y laicos y al trabajo conjunto del Consejo Presbiteral y del Consejo Arquidiocesano de Pastoral, se establecen las prioridades pastorales que expresan la orientación fundamental de la acción evangelizadora de la Iglesia ante los desafíos que plantea la realidad.

En este primer momento culminante del proceso, se cuenta con el aporte iluminador del Dr. Eduardo Peña Vanegas, sociólogo y pedagogo del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

Mayo de 1998: por primera vez, la diócesis de Mendoza es invitada a participar de una Asamblea de Pastoral con carácter consultivo.

En ella se hacen sugerencias y propuestas para la redacción definitiva del objetivo general, los objetivos específicos y los criterios de acción del Plan pastoral.

Participan 250 delegados -tanto consagrados como laicos- de todas las instancias eclesiales de la diócesis: organismos, institutos de formación, parroquias, movimientos, colegios.

Es una experiencia eclesial fuerte, en la que se vive un clima de participación y comunión, que permite valorar con optimismo las expectativas futuras del camino de renovación eclesial y pastoral.

La Comisión Redactora, valiéndose de los aportes de la Asamblea diocesana y de consagrados y laicos reunidos en la VI Semana de Pastoral (octubre 1998), culmina la redacción del Plan pastoral que orientará la vida futura de la Iglesia en Mendoza con objetivos, estrategias y actitudes.

 

 

ENTREGA DEL PLAN DIOCESANO DE PASTORAL (Volver)

El 27 de noviembre de 1998, en una emotiva ceremonia realizada en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Mendoza, el arzobispo entrega el Plan Diocesano de Pastoral a representantes de las distintas instancias eclesiales: sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, laicos; organismos diocesanos, decanatos, parroquias, institutos de vida consagrada, asociaciones y movimientos, colegios.

Se vive un momento fuerte de oración, de gratitud a Dios, de renovada esperanza, de compromiso ante el Señor y ante los hermanos de trabajar con empeño por la nueva evangelización en Mendoza.

El Plan de pastoral, fruto de una larga búsqueda vivida en comunión, es un compromiso de la Iglesia toda a renovar su vida y acción pastoral, respondiendo al impulso del Espíritu y a los desafíos reconocidos.

De este compromiso surge la necesidad sentida de buscar caminos eficaces y fecundos para su conocimiento, asimilación y aplicación.

La Iglesia en Mendoza continúa su marcha a instancias del nuevo Plan.

Sus primeros pasos: consolidar y animar a los organismos diocesanos y los consejos pastorales parroquiales para que se constituyan en verdaderos ámbitos de participación y corresponsabilidad, sirviendo de un modo eficaz a la pastoral orgánica, dinámica y participativa.

Otro de sus senderos: programar la acción pastoral mediante la elaboración de programas pastorales participativos.

Según su propio ritmo y posibilidades concretas, las comunidades van elaborando sus propios programas pastorales y, acompañados por los agentes capacitados, inician su aplicación y seguimiento.

La meta y sentido de este caminar no es otro que responder al llamado - evangélico y conciliar - lanzado por Juan Pablo II a asumir la nueva evangelización, que supone el encuentro y la conversión profunda a “Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad”.

 

 

CONCLUSIÓN (Volver)

El pueblo de Dios que peregrina en Mendoza nace en aquel año de 1561 gracias al trabajo pastoral de sacerdotes seculares y religiosos, bajo la conducción del obispo de Santiago de Chile.

Este pueblo formado por hijos de la tierra e inmigrantes llegados de distintas partes, crea una cultura propia, consolida sus comunidades y crece en obras de apostolado.

Al madurar el fruto de aquella primera evangelización se constituye en Iglesia particular (1934).

Desde entonces, camina de la mano de su pastor propio, creciendo en obras y servicios gracias a la tarea evangelizadora de los sacerdotes nativos, de las congregaciones religiosas que fundan sus casas en estas tierras, y de las asociaciones y movimientos laicales.

Compartiendo una misma vocación con los otros pueblos, la Iglesia en Mendoza responde al llamado de Dios proclamado en el Vaticano II.

Desde un deseo fuertemente sentido de renovación eclesial y pastoral, desarrolla un proceso de conversión y comunión que promueve el crecimiento entusiasta y sostenido de sus comunidades, instituciones y obras, y alimenta el compromiso por responder a los grandes interrogantes y desafíos que plantea la nueva evangelización.

El Plan Diocesano de Pastoral muestra el camino que ha de recorrer en comunión en su tarea evangelizadora.

La Iglesia en Mendoza reconoce con gratitud el amor providente del Padre, que en Jesucristo y con la fuerza del Espíritu, la conduce en esta su historia de salvación.

Y con María, madre, modelo y signo de esperanza para la Iglesia comunión, continúa su marcha esperanzada hacia su meta final.

 

 

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