
LA PRIMERA eVANGELIZACIÓN dE MENDOZA (volver)
Con las corrientes colonizadoras del Río de la Plata,
del Tucumán y de Cuyo, penetra la evangelización
en lo que más tarde será la República Argentina.
La acción pastoral de la Iglesia llega
a las tierras de Cuyo, territorio que comprende las actuales
provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, en la segunda mitad
del siglo XVI, como consecuencia de la conquista de Chile por
parte de los españoles procedentes del Perú.
En tierras cuyanas pobladas por los indios
huarpes, el 2 de marzo de 1561, tiene lugar la fundación
de la ciudad de Mendoza.
Desde Santiago de Chile vienen los fundadores,
encabezados por D. Pedro del Castillo.
Junto con los que serían los primeros
vecinos, llega también el primer sacerdote, Pbro. Hernando
de la Cueva, y con él se inicia la evangelización
en Cuyo, promovida por los obispos de la recién erigida
diócesis de Santiago de Chile.
A los pocos años de fundada, la nueva
ciudad reconoce como patrono a Santiago Apóstol.
Arduos y pródigos en sinsabores son
los años iniciales de la ciudad. Los escasos pobladores
logran sobrevivir con el duro trabajo de las chacras y quintas
que circundan la incipiente población.
La mansedumbre del huarpe que brinda la mano
de obra necesaria y la tranquilidad en que transcurre la vida
de la pequeña comunidad, permiten el afianzamiento del
núcleo urbano, el aprovechamiento de los valles cercanos
y el inicio del tráfico comercial con otras ciudades
del Río de la Plata hacia fines del siglo XVI.
En los siglos XVII y XVIII mientras crece
lentamente la población, se expande la economía.
En este último siglo la Corona encara cambios político-administrativos
que afectan a la América española.
Cuyo deja la Capitanía General de Chile
para integrar el Virreinato del Río de la Plata (1776)
y posteriormente la Gobernación Intendencia de Córdoba
del Tucumán (1783).
Cuando en Mendoza se inicia el proceso evangelizador,
aún no concluye el Concilio de Trento (1563) y la evangelización
se lleva a cabo estrechamente unida a la fundación de
ciudades, siguiendo las normas dictadas por la Corona.
En Cuyo, la docilidad del huarpe facilita
la tarea, aunque debe enfrentar otras dificultades provenientes
de las características naturales de la región,
como el hecho de tener cerrados los pasos cordilleranos durante
ocho meses al año y las carencias propias de la vida
en aquella época.
Durante algunos períodos no hay cura
que preste los auxilios religiosos a españoles y huarpes
por carecer la población de recursos para sustentarlos.
Es allí donde se destaca el celo de
los obispos de Santiago que bregan incansablemente para asegurar
la atención espiritual de los habitantes, al par que
levantan su voz en defensa de los indígenas.
Pese a las leyes, en el siglo XVI los huarpes
son llevados a Chile en gran número para remediar la
falta de mano de obra.
Ello provoca la ruptura de las familias, la
drástica disminución de los indios o su fuga para
evitar el destierro.
Hay que reconocer que han sido los religiosos
la verdadera vanguardia de la evangelización.
Misioneros mercedarios periódicamente
acuden desde Chile y siembran la semilla evangélica entre
los indígenas.
Esta orden y la de predicadores establecen
sus conventos a fines del siglo XVI y con ellos se inicia la
tradicional devoción mariana del pueblo mendocino, que
se expresa y se afirma con la proclamación de Nuestra
Señora del Rosario como patrona de la ciudad en el siglo
XVIII.
Desde comienzos del siglo XVII la acción
del clero diocesano se ejerce desde la parroquia Matriz de Mendoza
y desde las doctrinas rurales creadas en 1601 por el obispo
Fray Juan Pérez de Espinoza.
Cuando Mendoza recibe esta primera visita
pastoral de los obispos de Santiago, ya el Tercer Concilio Provincial
de Lima (1582-1583), convocado por Santo Toribio de Mogrovejo,
ha dictado disposiciones precisas en relación con la
propagación del Evangelio.
Podemos afirmar que se han trazado allí
las “Líneas pastorales” de la primera evangelización
en la arquidiócesis de Lima y sus diócesis sufragáneas,
entre ellas la de Santiago de Chile.
Este Concilio trata de llevar a la práctica
las normas de Trento adaptadas a la realidad americana.
Se plantea la problemática de la evangelización
y se toman decisiones de importancia capital, como el uso de
las lenguas indígenas en la catequesis.
Los problemas y desafíos que ofrece
la labor pastoral son objeto de debates en los sucesivos sínodos
diocesanos de Santiago, realizados a partir de 1586 y a lo largo
de los siglos XVII y XVIII.
En estos dos siglos se suman a la labor evangelizadora
los jesuitas, agustinos y franciscanos.
Junto con la catequesis, inician también
la educación de los nativos mediante las escuelas creadas
en los conventos, algunas de ellas de reconocido prestigio como
el Colegio de la Inmaculada Concepción de los jesuitas.
El siglo XVIII experimenta el desgarrón
de la expulsión de los padres de la Compañía,
mientras una nueva orden, la de los betlemitas, llega para hacerse
cargo de la atención de los enfermos y se abre a la educación
de las niñas el Colegio de la Buena Enseñanza,
de las religiosas de la Compañía de María.
La reordenación general de la administración
implementada por los reyes de España en el siglo XVIII,
influye también en la acción evangelizadora.
En numerosas ocasiones los obispos denuncian
la dispersión de la población en haciendas y estancias
como factor decisivo en las dificultades de la evangelización.
A partir de 1740 se lleva adelante una política
de poblamiento para agrupar a los habitantes en villas y ciudades.
La labor desplegada por la Junta de Poblaciones,
que integran entre otros el obispo y el gobernador de Chile,
tiende a reordenar el proceso poblador en Cuyo mediante el establecimiento
de pueblos, a fin de asegurar la atención espiritual
de blancos e indios.
Aunque hay resistencia de parte de propietarios
de estancias e indígenas, finalmente quedan establecidos
pueblos de indios en Corocorto (La Paz), manteniéndose
los de San Miguel y Asunción en las Lagunas (Lavalle).
En el Valle de Uco se erige el fuerte de San
Carlos en 1770. Junto al fuerte, dos años después,
se funda la villa de San Carlos.
La atención de estas poblaciones queda
a cargo de las parroquias de San Carlos, San José de
Corocorto y Rosario de Las Lagunas, erigidas a comienzos del
siglo XVII.
Los momentos finales de la época hispánica
traen para la Iglesia en Mendoza el cambio de jurisdicción,
consecuencia de las reformas político-administrativas
realizadas por el gobierno español. Mendoza, San Juan
y San Luis dejan la jurisdicción santiaguina para formar
parte de la diócesis de Córdoba del Tucumán
(1809).
A partir de 1810, la crisis revolucionaria
en la América española y la guerra de independencia,
traen importantes consecuencias para la Iglesia en Argentina
y su labor pastoral.
En primer lugar, la ruptura con la Corona provoca
una situación similar con la Sede Apostólica,
por ser los reyes intermediarios ante Roma, en virtud del patronato.
Con sedes vacantes por fallecimiento o destierro
de los obispos, relajación de la disciplina del clero
y medidas regalistas implantadas por los gobiernos “ilustrados”,
la Iglesia vive situaciones difíciles, que no logra solucionar
la misión enviada por el Papa Pío VII, en la persona
de Mons. Juan Muzzi (1824).
La orfandad en que se encuentra la Iglesia
en Argentina, comienza a tener visos de solución después
de la batalla de Ayacucho (1824), cuando queda sellada la independencia
de hispanoamérica, y la Santa Sede inicia relaciones
con las nuevas naciones.
Una medida de gran importancia es la erección
del Vicariato Apostólico de Cuyo en 1828, a cuya cabeza
es colocado Fr. Justo Santa María de Oro. Las autoridades
de San Juan logran que el Papa Gregorio XVI erija la diócesis
de San Juan de Cuyo en 1834.
Cuatro obispos gobiernan la diócesis
en los años restantes del siglo XIX. En esta etapa, mientras
se organiza definitivamente la nación, se producen importantes
y decisivas transformaciones en el orden social, económico
y cultural.
Argentina entra en la era del progreso, meta
de la generación liberal, de la mano con la ideología
imperante.
En ese contexto, la ciudad de Mendoza sufre
el trágico sismo de 1861 que la sepulta en ruinas. Pero
poco después comienza a levantarse la nueva ciudad, impulsada
por los gobernantes que participan de la misma ideología
que se impone en el país.
En esta etapa, la acción pastoral de
la Iglesia se resuelve en la creación de parroquias y
la instalación de congregaciones religiosas.
Las visitas pastorales van acompañadas
por una misión, generalmente a cargo de religiosos. Pero
el laicismo sigue avanzando.
La lucha entablada entre católicos
y liberales frente a la legislación de la época,
marca con caracteres especiales este momento tan difícil
en la historia de la Iglesia, y hace ver la necesidad urgente
de enfrentar los desafíos de la hora con una renovada
acción pastoral que tienda a afirmar los principios cristianos
en la gran masa del pueblo fiel, al mismo tiempo que se dé
un fuerte apoyo a la labor de los laicos.
Desde Roma, León XIII convoca al Concilio
Plenario de la América Latina (1899), considerado como
uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia
en los momentos finales del siglo XIX.
De esa reunión surgen disposiciones
que sirven de orientación para la labor pastoral en los
años siguientes, tanto en lo referente a los principios
del dogma, cuanto a la difusión de la fe mediante la
predicación y la enseñanza.
En Cuyo, el episcopado de Mons. José
Américo Orzali (1912-1939) encara una serie de medidas
que ponen en práctica las normas conciliares.
Mientras aumenta el número de parroquias
e impulsa una formación más profunda del clero,
convoca dos sínodos diocesanos, crea el Boletín
Oficial de la diócesis, trae nuevas congregaciones religiosas,
funda centros de formación para laicos donde se estudian
los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, insiste
con ardor en la unión de las fuerzas católicas
y encarece la importancia de la prensa como vehículo
de evangelización.
También trabaja activamente para la
creación de las diócesis de Mendoza y de San Luis.
lA DIÓCESIS dE MENDOZA (volver)
La década del 30 trae importantes novedades
para la Iglesia en Argentina y en Cuyo.
Mientras en 1931 y respondiendo al llamado
del Papa Pío XI, surge la Acción Católica
Argentina y con ella el movimiento de apostolado laical que
se constituye en brazo derecho de la jerarquía para la
cristianización de la sociedad, el 20 de abril de 1934,
la bula Nobilis Argentinae Nationis crea diez nuevas diócesis,
entre ellas la de Mendoza y Neuquén y la de San Luis.
San Juan de Cuyo es elevada a arquidiócesis y Monseñor
Orzali designado arzobispo.
El primer obispo de Mendoza es Mons.
José Aníbal Verdaguer (1935-1940). Celoso
pastor al servicio del pueblo de Dios, dedica sus esfuerzos
a organizar la nueva diócesis: inicia las gestiones para
la fundación del Seminario diocesano y la obtención
de un edificio para sede del Obispado; impulsa la organización
parroquial, con la visita pastoral a toda la jurisdicción,
y la creación de dos nuevas parroquias.
En 1937 funda la congregación de las
Hermanas Obreras Catequistas de Jesús Sacramentado.
Mons. Alfonso María
Buteler, es el segundo obispo de Mendoza (1940-1973). Toma
posesión de la sede en diciembre de 1940.
Durante su episcopado despliega una intensa
labor pastoral, con miras a organizar y afirmar la obra de una
diócesis nueva: erección de numerosas parroquias;
establecimiento de congregaciones religiosas dedicadas a la
enseñanza y al apostolado; apoyo entusiasta a la Acción
Católica, con fuerte presencia en todos los ambientes.
La preocupación principal del obispo
es la promoción de las vocaciones sacerdotales. Pone
sueños y esfuerzos en la construcción del Seminario
Nuestra Señora del Tránsito en Lunlunta, inaugurando
el menor en 1946, al que se agrega posteriormente el ciclo de
filosofía.
El 10 de abril de 1961, Juan XXIII crea las
diócesis de San Rafael y de Neuquén, haciéndolas
sufragáneas de la nueva sede metropolitana de Mendoza.
De esta forma, Monseñor
Buteler pasa a ser el primer arzobispo de Mendoza.
La Iglesia universal vive, desde comienzos
del siglo, un proceso de honda renovación, sobre todo
en los ámbitos bíblico, teológico, litúrgico
y pastoral que confluye en el Concilio Vaticano II, comenzado
en 1962 por Juan XXIII y concluido por Paulo VI en 1965.
Se trata de un acontecimiento de hondas repercusiones,
tanto dentro como fuera de la Iglesia.
La progresiva publicación de los documentos
conciliares, pone en marcha un movimiento de renovación
que toca todos los niveles de la vida eclesial e impulsa el
compromiso socio-político de la fe.
En Mendoza, en ambientes tanto sacerdotales
como laicales, este proceso de renovación eclesial no
estuvo exento de problemas.
En 1965 se produce una situación de
crisis entre el planteo renovador de un grupo de sacerdotes,
los denominados “veintisiete”, y el arzobispo.
Tal acontecimiento signará la futura
marcha de la Iglesia diocesana, pues la falta de diálogo,
la incomprensión recíproca, y las posturas tomadas,
llevan a un triste desenlace: se cierra el Seminario, algunos
sacerdotes quedan sin un destino pastoral concreto y la obra
pastoral de tantos años desarticulada.
Esta crisis tan profunda es el ocaso poco feliz
de la larga labor pastoral de Monseñor
Buteler.
A esta compleja situación intraeclesial,
se suma el convulsionado panorama social y político del
país, que comienza a vivir uno de los períodos
más dramáticos de su historia.
A fines de los años sesenta surge el
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al que se adhieren
varios sacerdotes de la diócesis.
Este movimiento se caracteriza por una misma
actitud básica, cristiana y sacerdotal: la cercanía
al pueblo, a su religiosidad y a su historia concreta; pero
también, por una opción temporal por la liberación
que toma la forma de una orientación política
determinada.
En este contexto crece una honda crisis de
identidad sacerdotal, uno de cuyos efectos más tristes
es el abandono del ministerio por parte de un número
importante de sacerdotes.
El vacío dejado se hace sentir progresivamente
en la vida pastoral de la diócesis, al punto de constituir,
todavía hoy, una carencia notable.
Mons. Olimpo Santiago
Maresma, gobierna la arquidiócesis primero como administrador
apostólico (1967-1974) y luego como tercer arzobispo
de Mendoza (1974-1979).
Lleva adelante una meritoria actividad pastoral
encarando con prudencia los difíciles momentos que vive
la Iglesia del postconcilio.
Su preocupación primordial son los
sacerdotes y también las vocaciones, que progresivamente
comienzan a repuntar.
Con humildad y caridad evangélica, alienta
la santificación y fraternidad del presbiterio, de modo
especial promoviendo la oración en común y los
Encuentros Sacerdotales en Lunlunta.
A ello se suma la promoción de los movimientos
de apostolado laical que, alentados por la enseñanza
conciliar sobre el protagonismo del laico, dinamizan la vida
de la diócesis y de sus parroquias.
Su caridad sacerdotal le lleva a encarar acciones
concretas en favor de los desamparados, los derechos humanos
y a una eficaz ayuda a los migrantes.
Le cabe también un rol destacado en
las dramáticas jornadas del conflicto argentino-chileno
(1978-1979).
Los contactos frecuentes con los obispos del
país hermano, las celebraciones en común y su
palabra pacificadora, contribuyen a evitar un desgraciado enfrentamiento.
LA NUEVA eVANGELIZACIÓN eN MENDOZA (volver)
El anhelo de renovación eclesial y pastoral
proclamado por el Concilio Vaticano II, es impulsado por Juan
Pablo II en sucesivas exhortaciones que invitan a la Iglesia
a renovarse en su vida y su acción evangelizadora.
La Iglesia en Mendoza se siente convocada
por esta invitación del Santo Padre (1983 y 1984), y
asume el desafío de la nueva evangelización, nueva
en su ardor, en sus métodos y expresión.
Durante los sucesivos episcopados de Mons.
Cándido Genaro Rubiolo (1979-1996) y Mons.
José María Arancibia (1996), obispos, presbiterio
y pueblo trabajan en comunión por esta renovación,
que comprende la vida y acción de la Iglesia por entero.
Es este un tiempo de gracia, de encuentro
con Jesucristo, de conversión entusiasta hacia Él,
y una ocasión providencial para crecer en comunión
a través de la búsqueda compartida y del esfuerzo
sostenido por lograr una Pastoral de conjunto, más orgánica,
con mayor sentido misionero, comprometida con las necesidades
humanas y sociales de nuestro tiempo.
Esta historia está jalonada por pasos
importantes, con sus luces y sombras, con sus desafíos
y exigencias.
En el inicio del camino encontramos el Congreso
Mariano Nacional del año 1980.
La presencia de María mueve los corazones
a Jesús. El lema “A Cristo por María”
resuena en toda Mendoza.
Este Congreso produce, entre otros frutos:
el despertar de la conciencia laical y de vida diocesana, el
entusiasmo por evangelizar, por el trabajo pastoral orgánico
y la conciencia de Iglesia peregrina.
La Iglesia en Mendoza crece con entusiasmo
en su impulso evangelizador, y su pastor, Mons.
Cándido Genaro Rubiolo, centra sus esfuerzos en la
organización pastoral de la diócesis y en la erección
de centros de formación de clérigos y laicos,
en respuesta a la necesidad de contar con agentes cualificados
para la evangelización.
En 1981 el Seminario Arquidiocesano reabre
sus puertas bajo la protección de “Nuestra Señora
del Rosario”.
En 1983 se erige la Escuela Arquidiocesana
de Ministerios para la preparación de los candidatos
a los ministerios laicales y al diaconado permanente, y se crea
el Instituto de Formación Docente Pablo VI, dedicado
a la formación teológica y pastoral de los laicos
y profesores de religión.
A ello se suma la consolidación del
Seminario Arquidiocesano de Catequesis, creado a mediados de
los años sesenta.
La diócesis cumple en 1984 los primeros
cincuenta años de existencia y lo celebra con la misión
“Evangelizarnos para Evangelizar”.
La experiencia eclesial vivida en el Congreso
Mariano del 80 alienta este nuevo paso, e impulsa a las comunidades
a prepararse para anunciar la Buena Nueva.
El grandioso esfuerzo realizado no tuvo la
continuidad esperada y desembocó en un cierto desaliento.
A pesar de ello, se constituye en el punto
de partida de una búsqueda más consciente y decidida
de la Pastoral de conjunto.
En las jornadas de actualización pastoral
del clero, realizadas en 1985 se concluye en la necesidad de
encarar la nueva evangelización de una forma más
eficaz, signada por una profunda eclesiología de comunión,
orientada por objetivos comunes, con un nuevo ardor, método
y expresión.
Surge así la “Opción Pastoral
Englobante”, como proceso de comunión y participación
de todos los miembros del pueblo de Dios, que de manera orgánica
y realista, busca construir una sociedad nueva desde el Evangelio
de Jesús.
La visita del Papa en 1987 hace fecundar la
semilla plantada. En los años siguientes se trabaja intensamente
por concretar la Opción Pastoral Diocesana: “Juntos
formemos comunidades vivas, misioneras y solidarias para una
Iglesia Viva, Misionera y Solidaria”.
Desde el Vaticano II y Puebla, se define la
misión de la Iglesia diocesana y sus organismos; se delinea
el rol de los centros de comunión y participación,
y se impulsa el protagonismo de comunidades y agentes pastorales.
Surge la primera pastoral de comunidades y
desde ella la conciencia de una necesidad: contar con un medio
idóneo para plasmar las metas de esperanza.
En 1989 se consulta al Centro de Planificación
Eclesial de Santiago de Chile (CEPLANE) para planificar la acción
pastoral, y se crea el Consejo Arquidiocesano de Pastoral, responsable
de propiciar las estrategias para que toda la diócesis
pueda acceder a la Pastoral planificada.
La Iglesia en Argentina da a luz las Líneas
pastorales para la Nueva Evangelización (LPNE), proyectadas
por los obispos con participación de todo el pueblo de
Dios (1990).
Mendoza renueva su compromiso evangelizador,
revisa su camino y actualiza el marco teológico-pastoral
a la luz de estas líneas, que orientan una misión
evangelizadora nueva, más orgánica y vigorosa.
En el V Centenario de la primera evangelización
(1992), la Iglesia diocesana asume con renovado espíritu
la meta de la nueva evangelización propuesta por LPNE:
construir la civilización del amor.
La misión diocesana “Familia Ven,
construye comunidades vivas, misioneras y solidarias”
rescata el espíritu de los primeros evangelizadores,
mira el presente con los ojos de la fe y apunta al futuro de
esperanza: la civilización del amor.
La familia como “iglesia doméstica”,
la parroquia como comunidad de comunidades y la diócesis
como Iglesia particular, son protagonistas y destinatarias de
este esfuerzo creador que busca renovar todos los sectores de
la sociedad mendocina.
PROCESO dE RENOVACIÓN eCLESIAL
Y PASTORAL
En esta acción pastoral y en las líneas
trazadas en Santo Domingo (1992), cobra su último impulso
el camino de renovación emprendido: a partir de 1993,
la Iglesia en Mendoza inicia el proceso de planificación
pastoral con el asesoramiento del CEPLANE.
Siguiendo una metodología establecida,
las grandes etapas de este proceso son: el Marco de Referencia,
el Diagnóstico y el Plan Diocesano de Pastoral.
El estudio, la reflexión y la oración
de consagrados y laicos, y el aporte de las comunidades dan
el fruto esperado: el Marco de Referencia (1996) que sintetiza
y propone el ideal de Iglesia diocesana.
Dos años de intenso trabajo, de escucha
atenta de la Palabra de Dios, de estudio de las enseñanzas
de la Iglesia y de mirada amplia sobre la propia realidad permiten
actualizar este ideal, y la Iglesia en Mendoza crece en su compromiso
de trabajar en comunión para responder al llamado de
Dios.
En su primera redacción y en la revisión
de su contenido, participan miles de personas, aprovechando
el tesoro de la enseñanza actual de la Iglesia.
En Pentecostés de 1996 Mons.
José María Arancibia, nuevo arzobispo de Mendoza,
entrega la versión definitiva del Marco de Referencia
a todas la comunidades.
Para que este ideal sea conocido y asumido
por el todo el pueblo de Dios, se inicia un tiempo de asimilación
y profundización de gran provecho, que plantea el desafío
de conocer a fondo la realidad.
Se inicia entonces la segunda etapa: el Diagnóstico,
que alcanza a las comunidades eclesiales y a los sectores de
la sociedad mendocina. Por este medio se quieren conocer mejor
los desafíos y prioridades que debe enfrentar la Iglesia
diocesana para realizar hoy su misión evangelizadora,
atendiendo a la condición y circunstancias que la providencia
le pone por delante.
Con este propósito, se hace una encuesta
a los fieles de misa (julio de 1996) y las comunidades encaran
su propio diagnóstico pastoral.
Organismos diocesanos, decanatos y parroquias,
comunidades religiosas y movimiento eclesiales, institutos de
formación y colegios católicos suman sus esfuerzos
para procurar un diagnóstico de la realidad pastoral
de la diócesis a la luz del ideal (Marco de Referencia).
En este caminar, crece el sentido de pertenencia,
comunión y participación en comunidades y pastores.
Al diagnóstico pastoral se suma el
diálogo con la sociedad de Mendoza.
Su fruto: un mejor y más profundo discernimiento
de los signos de los tiempos y un conocimiento más acabado
de los anhelos y problemas de personas y sectores.
En esta consulta extraeclesial son entrevistadas
personas, entidades e instituciones del quehacer político,
gremial, económico, universitario, cultural y de otras
expresiones, y también los responsables de otros credos.
Con esta visión profunda y completa,
en 1997 se elabora el Informe Global Diagnóstico que
recoge los resultados del diagnóstico pastoral.
A él se suma otro documento que sintetiza
por separado los aportes extraeclesiales.
Comienza entonces una etapa de profundo sentido
espiritual: el Discernimiento pastoral comunitario.
Este ejercicio permite a las comunidades la
escucha atenta de la voluntad de Dios sobre la realidad contenida
en el Diagnóstico, a fin de determinar los desafíos
que interpelan a la Iglesia diocesana en su acción evangelizadora.
Esta percepción contemplativa permite
el compromiso pastoral de la Iglesia, de tal forma que su acción
sea verdadera cooperación a la acción de Dios.
El último paso del proceso se inicia
con el trabajo de profundización de los desafíos
y líneas de acción discernidos (octubre 1997),
en donde crece el protagonismo de los responsables diocesanos
de su conducción.
Gracias al trabajo de la Comisión Redactora,
al aporte de consagrados y laicos y al trabajo conjunto del
Consejo Presbiteral y del Consejo Arquidiocesano de Pastoral,
se establecen las prioridades pastorales que expresan la orientación
fundamental de la acción evangelizadora de la Iglesia
ante los desafíos que plantea la realidad.
En este primer momento culminante del proceso,
se cuenta con el aporte iluminador del Dr. Eduardo Peña
Vanegas, sociólogo y pedagogo del Consejo Episcopal Latinoamericano
(CELAM).
Mayo de 1998: por primera vez, la diócesis
de Mendoza es invitada a participar de una Asamblea de Pastoral
con carácter consultivo.
En ella se hacen sugerencias y propuestas para
la redacción definitiva del objetivo general, los objetivos
específicos y los criterios de acción del Plan
pastoral.
Participan 250 delegados -tanto consagrados
como laicos- de todas las instancias eclesiales de la diócesis:
organismos, institutos de formación, parroquias, movimientos,
colegios.
Es una experiencia eclesial fuerte, en la que
se vive un clima de participación y comunión,
que permite valorar con optimismo las expectativas futuras del
camino de renovación eclesial y pastoral.
La Comisión Redactora, valiéndose
de los aportes de la Asamblea diocesana y de consagrados y laicos
reunidos en la VI Semana de Pastoral (octubre 1998), culmina
la redacción del Plan pastoral que orientará la
vida futura de la Iglesia en Mendoza con objetivos, estrategias
y actitudes.
ENTREGA DEL PLAN DIOCESANO DE PASTORAL (volver)
El 27 de noviembre de 1998, en una emotiva
ceremonia realizada en la Basílica de Nuestra Señora
del Rosario, patrona de Mendoza, el arzobispo entrega el Plan
Diocesano de Pastoral a representantes de las distintas instancias
eclesiales: sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos,
laicos; organismos diocesanos, decanatos, parroquias, institutos
de vida consagrada, asociaciones y movimientos, colegios.
Se vive un momento fuerte de oración,
de gratitud a Dios, de renovada esperanza, de compromiso ante
el Señor y ante los hermanos de trabajar con empeño
por la nueva evangelización en Mendoza.
El Plan de pastoral, fruto de una larga búsqueda
vivida en comunión, es un compromiso de la Iglesia toda
a renovar su vida y acción pastoral, respondiendo al
impulso del Espíritu y a los desafíos reconocidos.
De este compromiso surge la necesidad sentida
de buscar caminos eficaces y fecundos para su conocimiento,
asimilación y aplicación.
La Iglesia en Mendoza continúa su marcha
a instancias del nuevo Plan.
Sus primeros pasos: consolidar y animar a los
organismos diocesanos y los consejos pastorales parroquiales
para que se constituyan en verdaderos ámbitos de participación
y corresponsabilidad, sirviendo de un modo eficaz a la pastoral
orgánica, dinámica y participativa.
Otro de sus senderos: programar la acción
pastoral mediante la elaboración de programas pastorales
participativos.
Según su propio ritmo y posibilidades
concretas, las comunidades van elaborando sus propios programas
pastorales y, acompañados por los agentes capacitados,
inician su aplicación y seguimiento.
La meta y sentido de este caminar no es otro
que responder al llamado - evangélico y conciliar - lanzado
por Juan Pablo II a asumir la nueva evangelización, que
supone el encuentro y la conversión profunda a “Jesucristo
vivo, camino para la conversión, la comunión y
la solidaridad”.
Actual Obispo
auxiliar de Mendoza
Mons. Sergio
Osvaldo Buenanueva, actual Obispo auxiliar de
Mendoza, nació en San Martín el 19 de diciembre
de 1963. En 1980 ingresó al Seminario menor que funcionaba
en la Parroquia “San Vicente Ferrer”, y en 1982
inició sus estudios filosóficos en el recientemente
reabierto Seminario Mayor “N. S. del Rosario”. Sus
estudios teológicos los hizo en el Seminario Mayor de
Córdoba “N. S. de Loreto”. El 28 de setiembre
de 1990, recibió la ordenación presbiteral. Es
Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad
Gregoriana de Roma (1997).
Su primer destino pastoral fue como Secretario privado del entonces
Arzobispo de Mendoza, Mons. Cándido Rubiolo. Se desempeñó
también como Vicario parroquial, Formador y Profesor
de Teología en el Seminario Mayor de Mendoza. En 1998
fue designado Director de estudios y luego Rector de esa casa
de estudios. A lo largo de estos años, ha desempeñado
varias tareas y encargos pastorales: fue Director de estudios
de la Escuela Arquidiocesana de Ministerios, miembro del Consejo
Presbiteral y del Colegio de Consultores; ha colaborado en el
Secretariado Arquidiocesano de Comunicación Social, y
como vocero, en la Oficina de Prensa del Arzobispado. Ha participado
también en el Equipo de Formación permanente del
Clero. Junto a otros sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos
ha tomado parte en el proceso de renovación eclesial
y pastoral, sobre todo, colaborando en la redacción del
Plan Diocesano de Pastoral.
El 16 de julio de 2008 fue designado por el
Santo Padre Benedicto XVI obispo titular de Rusubiccari y Auxiliar
de Mendoza. El 27 de setiembre de ese año recibió
la ordenación episcopal de manos de Mons. José
María Arancibia. Eligió como lema de su consagración
episcopal una frase de San Pablo en el discurso de despedida
de los presbíteros de Éfeso: “Testigo del
Evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20,24).
CONCLUSIÓN (volver)
El pueblo de Dios que peregrina en Mendoza
nace en aquel año de 1561 gracias al trabajo pastoral
de sacerdotes seculares y religiosos, bajo la conducción
del obispo de Santiago de Chile.
Este pueblo formado por hijos de la tierra
e inmigrantes llegados de distintas partes, crea una cultura
propia, consolida sus comunidades y crece en obras de apostolado.
Al madurar el fruto de aquella primera evangelización
se constituye en Iglesia particular (1934).
Desde entonces, camina de la mano de su pastor
propio, creciendo en obras y servicios gracias a la tarea evangelizadora
de los sacerdotes nativos, de las congregaciones religiosas
que fundan sus casas en estas tierras, y de las asociaciones
y movimientos laicales.
Compartiendo una misma vocación con
los otros pueblos, la Iglesia en Mendoza responde al llamado
de Dios proclamado en el Vaticano II.
Desde un deseo fuertemente sentido de renovación
eclesial y pastoral, desarrolla un proceso de conversión
y comunión que promueve el crecimiento entusiasta y sostenido
de sus comunidades, instituciones y obras, y alimenta el compromiso
por responder a los grandes interrogantes y desafíos
que plantea la nueva evangelización.
El Plan Diocesano de Pastoral muestra el camino
que ha de recorrer en comunión en su tarea evangelizadora.
La Iglesia en Mendoza reconoce con gratitud
el amor providente del Padre, que en Jesucristo y con la fuerza
del Espíritu, la conduce en esta su historia de salvación.
Y con María, madre, modelo y signo de
esperanza para la Iglesia comunión, continúa su
marcha esperanzada hacia su meta final.
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